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jueves, 5 de diciembre de 2019

Relato: El crepúsculo del hombre, de Daniel Verón

Daniel Verón, autor de El crepúsculo del hombre
Vuelve a ser un honor contar en Sense of Wonder con Daniel Verón, que ya nos ofreció Polvo de estrellas y La edad de los Toledos. En esta ocasión tenemos el placer de publicar un nuevo relato suyo, titulado El crepúsculo del hombre. Espero que lo disfrutéis y recordad que podéis contactar con Daniel (y leer otros cuentos suyos) a través de su perfil de Facebook.   

La federación creció más aún. Se llegó a un punto tal en donde sus Asambleas Ecuménicas excedían las dimensiones de un planeta común y, por lo tanto, se buscaron nuevos mundos, supergigantes, para alojar a las mayores reuniones jamás realizadas por civilización alguna. Los preparativos solían durar meses y el proceso de divinización de los líderes era cada vez mayor. En torno suyo se agolpaban ahora cientos y cientos de Portadores, representando a infinidad de Galaxias que se perdían en el vacío cósmico. Pero esto no era todo. Algunos líderes que asistieron a tales reuniones durante siglos lograron averiguar lo que nadie sabía fuera de allí. Así como otros hombres de otras épocas, aquellos que presidían los destinos de la Federación, cuando su vida se extinguía, eran “re-energizados” de una manera misteriosa y lanzados al espacio. Tiempo después, una luz que parecía ser la de una estrella común se añadía al cielo estrellado del infinito. En otras palabras, cada Supremo, cuando moría su cuerpo físico, pasaba literalmente a convertirse en una estrella más.

Pero el final se acercaba. El cuerpo humano no estaba hecho para durar siglos y siglos en el espacio tetradimensional. Pese a que se habían ensayado infinidad de métodos para extender la vida corporal, aunque los órganos internos habían sido mejorados, y hasta el método de reproducción había sido ligeramente modificado, nada parecía evitar que el cuerpo físico llegara a un fin, ni siquiera la reprogramación celular, por ejemplo. Lo más que se había logrado era extender la vida física a poco más de 300 años. Luego de eso se llegaba a un punto donde la muerte física hasta era bienvenida, como si el hombre no pudiese soportar vivir más que eso. Además, y esto era muy importante, gracias a esa muerte física, el alma se liberaba y accedía a ámbitos multidimensionales, en donde continuaba su existencia. Era algo así como la crisálida, que pasa de ser gusano a convertirse en mariposa.

Las continuas expediciones a los planos multidimensionales demostraron que el mismo estaba poblado de seres que alguna vez habían tenido cuerpos físicos como los demás. Es cierto que su experiencia anterior le servía de poco en ese lugar, pero lo concreto es que seguían viviendo, al parecer, indefinidamente. Estas investigaciones hicieron que el alma volviera a ser estudiada, sin que se pudiera llegar a una conclusión sobre su origen. Simplemente, un día aparecía, igual que el Universo en el Big Bang. Algunos científicos sugerían que las almas ya estaban presentes en el momento de la creación y que simplemente atravesaban diversas transformaciones: desde un espacio circular y plano, a nuestro Cosmos de cuatro dimensiones, para ingresar luego a otros ámbitos de 7, 10 y 15 o más dimensiones sucesivamente. El problema era que no existía (ni podía existir) algún instrumental para comprobar esto.

Mientras tanto, el hombre solar mismo parecía estar llegando a un punto de declive. Esto no era nada raro. Las incontables expediciones interestelares habían enseñado que las razas humanas y semihumanas, por muy evolucionadas que fueran, tenían una determinada duración como raza, un punto más allá del cual empezaban a extinguirse. Más allá de los ciclos históricos, comunes a toda civilización, ninguna raza era eterna. Además, no podían serlo tampoco, sencillamente porque el Cosmos mismo estaba cambiando. Quedaba claro que el Universo del año 5000 no era exactamente el mismo que habían conocido sus ancestros, por ejemplo. Incluso en el remoto pasado se habían detectado brillantes civilizaciones que desaparecieron por completo al cambiar también su entorno. De modo que el hombre solar no podía ser una excepción a esto.

Un tiempo después, algunos teóricos lanzaron una suposición realmente inquietante: lo que estaba llegando a su fin era el MODELO HUMANO en sí mismo, por lo menos en las áreas conocidas hasta entonces. En efecto; un estudio realizado en torno a la civilización de Altair y otras de cierta antigüedad, como los eridanos, parecían estar en franca decadencia. Los nacimientos eran cada vez menos, aparecían enfermedades nuevas y mortales, y ellos mismos, como sociedad, parecían haberse estancado. Apenas eran poco más que espectadores de las proezas del hombre solar, limitándose a ocupar unos pocos mundos seguros. No había descubrimientos ni empresas nuevas, sino que toda su sociedad inspiraba una gran decadencia apenas uno la veía. De acuerdo a los parámetros actuales, parecía que las razas más antiguas no estaban en condiciones de sobrevivir mucho más. Muchas no se habían adaptado a los grandes cambios, limitándose a llevar una existencia bastante monótona, sin grandes expectativas, confiando en que el Universo permanecería siempre igual.

Si bien los antairenses ya eran un grupo minoritario en ese tiempo, la señal de alerta llegó por parte de los eridanos. En cierta oportunidad, su civilización irradió un mensaje de auxilio a sus grandes amigos del espacio: los solares. A ese llamado acudió una importante flota dirigida por Zoicon Thaler. Lo cierto es que, apenas llegado a Walhalla, el almirante Thaler comprendió perfectamente lo que sucedía. Como un padre que, en su agonía, llama a su hijo para que esté a su lado, el gobernador Erron había llamado a la raza con la que habían compartido más cosas. Aún el planeta mismo estaba en una decadencia completa bien visible. Sus magníficas ciudades se parecían ahora a inmensos basurales; estaban casi completamente abandonadas y mucha de la eficiente tecnología de otros tiempos ya no funcionaba. Muchos ciudadanos, incluso, se encontraban enfermos o sumidos en una especie de agonía. El panorama era desolador y los hombres de Thaler se encontraron con muchas escenas realmente impresionantes. 

Los solares son recibidos en las habitaciones personales de Erron que se halla moribundo afectado por una extraña enfermedad. Sólo está acompañado por sus familiares más cercanos, pero todos se encuentran enfermos también. El dialogo que sostienen Erron y el almirante Thaler es altamente emotivo. El eridano le cuenta algo de su vida personal, de cómo imaginaba el futuro en su niñez, nunca algo como esto. Charlan amigablemente y Thaler logra encender su mirada al informarle los más recientes logros de la Federación. Los millones de sistemas planetarios, los incontables soles, las infinitas formas de vida que existían por doquier y, sobre todo, galaxias y más galaxias hasta perderse en las profundidades del Cosmos. Es el final. Erron lo toma de la mano y, con la mirada nublada, le dice simplemente: “Ustedes lo lograrán; ustedes lo lograrán”, y, tranquilo, expiró.

A medida que Thaler y sus hombres recorren Walhalla, comprueban que, uno tras otro, los eridanos van muriendo también. Ya no hay autoridades, ya no hay servicios, ya no hay movimiento, todo es muerte y los cadáveres se amontonan en las calles. No sólo es una civilización en extinción, sino que se trata de la desaparición de toda una raza también. Los federales siguen atentamente los acontecimientos y en pocos días mueren prácticamente todos los eridanos. Se busca en los mundos cercanos pero, hasta donde se puede apreciar, no parece haber sobrevivientes. Es así que llega un día en que el supremo Zetar, la máxima autoridad de la Federación, anuncia solemnemente la desaparición completa de la raza de los eridanos, sus viejos amigos del espacio...

Con posterioridad tiene lugar una ceremonia-homenaje en una Asamblea convocada de urgencia. Ante la presencia de miles y miles de delegados, durante todo un día completo se repasa lo que ha sido la brillante civilización eridana. Su origen, sus luchas, su sabiduría, su legendaria amistad con el hombre terrestre, su ejemplo. Se decide entonces reservarle en la Federación un sitial de honor, vacío, que represente para siempre a los eridanos. Es la primera vez que se realiza algo así pero, lamentablemente, no será la última. En efecto; en los años siguientes se sabe de otras razas más o menos cercanas a los solares que sufren pestes parecidas. Los pueblos de Perseo-8, de Vega, de Orión, etc. y, más allá de la Vía Láctea, hasta la raza amiga de Triángulo, unos pacíficos hombres y mujeres que parecen siempre jóvenes, hasta ellos caen víctimas del mal que afecta a todos los humanos. 

Cunde la alarma por doquier. Sin embargo, hay algo que diferencia a los solares de muchas otras razas similares. La suya parece ser la más extendida a lo largo del Cosmos. Si se trata solamente de alguna clase de peste, no existe ninguna posibilidad de contagio, ya que la raza se halla distribuida en cada una de las galaxias del Grupo Local y aún en algunas otras del inmenso mar intergaláctico. Al parecer, las colonias pueden estar seguras. Sin embargo, el tiempo pasa y, lentamente, comienza a repetirse algunos síntomas. Los gobernantes tratan de mantener los hechos en oculto pero todo va saliendo a la luz. El primer lugar gravemente afectado es la misma cuna del hombre solar: la Tierra y los principales planetas del Sistema. En otros lugares se desarrollan interminables investigaciones para ver cómo evitar este extraño deterioro general que lleva a la muerte.

Por todas partes se suceden escenas tremendas. Hay mundos en donde la gente parece haber enloquecido y la sociedad se ha sumergido en un caos total. En otras partes se asiste al inédito y asombroso espectáculo de ver centenares de miles de personas despidiéndose unas de otras, sabiendo que esa será la última vez que se verán. Hay lugares en donde ciertos grupos elaboran planes para ver de qué manera reencontrarse en los habitáculos multidimensionales, adonde se supone que va el alma de la totalidad de las personas muertas. Pero en otros sitios se observa la dramática lucha de hombres que no quieren morir. Fuera de todo control, hay ahora miles de personas que emigran a lejanas regiones del Cosmos tratando de salvarse. Ninguna organización puede ejercer algún control, ni siquiera la Federación. En cierta ocasión, durante una de las habituales Asambleas, el mismo Zetar, el Supremo de entonces, cae muerto ante la vista de todos los demás. Es el final.

Así fue como la raza solar fue cayendo, uno a uno, a lo largo del Cosmos, tal como antes ya le había sucedido a otras razas humanas en los últimos tiempos. Esto no era fruto del arma secreta de algún enemigo, ni siquiera de una “disgregación” inevitable de orden genético, como si el motor de la raza hubiera llegado a su fin. Es cierto que mucha gente desapareció sin que se supiera qué había sido de ellos, pero el grueso de la humanidad se encontró frente a un futuro que parecía inevitable. En medio de todo esto, la Federación subsistía como podía, con gobernantes ocasionales. La impresionante estructura conquistadora que había construido el hombre a lo largo de siglos, parecía venirse abajo. En medio de este caos, hubo un grupo que alcanzó a pergeñar un plan. Al frente del mismo se hallaba, justamente, el almirante Thaler, que aún disponía de una importante flota. El caso es que, ante la posible extinción del hombre, Thaler se proponía simplemente llegar adonde nadie había llegado todavía. Su plan era dirigirse a los confines del Universo para escapar de él.

La idea era audaz pero no imposible. El motivo de que antes no se hubieran enviado expediciones hasta tan lejos, era por el alto riesgo, ya que luego la flota debía retornar al punto de partida. En cambio, aquí esto no era necesario. Partieron, pues, desde de los límites de la Vía Láctea utilizando la mejor tecnología. Los sistemas hiperlumínicos ayudaron a dejar atrás millones de años-luz en muy poco tiempo. Desde luego, la gran incógnita era, ¿adónde terminaba el Universo? Las últimas observaciones indicaban que las galaxias más lejanas estaban a unos 15.000 millones de años-luz. Sin embargo, la Flota Omega recorrió las dos terceras partes de esta fabulosa distancia, sondeando en las profundidades, sin que se visualizaran límites por ninguna parte. En medio de esta situación, algunos hombres de la tripulación empezaron a mostrar síntomas del fin.

El mar de galaxias era algo superior a lo que ningún hombre jamás había imaginado. Thaler dirigió personalmente las investigaciones y revisó muchos cálculos. En realidad, los científicos nunca pensaron que el Universo fuese algo tan grande. Al mismo tiempo tuvo que enfrentar escenas sobrecogedoras aún en la nave principal. Luego de caer enfermo, uno de sus principales oficiales enloqueció de una manera espantosa al grito de “¡No quiero morir, no quiero morir!”, suponiendo que se había extraviado en el Universo. Los acontecimientos se precipitaban. Thaler y algunos sabios lograron elaborar un mapa completo del Cosmos de acuerdo al recorrido. El inmenso espacio que surcaban presentaba una extraña estructura con impresionantes aglomeraciones de materia repartida de manera desigual, contrastando con otros sectores completamente vacíos. El gran dilema era adónde dirigirse.

A medida que caía uno a uno la mayoría de los tripulantes, el almirante tomó una decisión corrigiendo ligeramente el rumbo. La Flota pareció sumergirse en una especie de océano de espuma, lechoso, fosforescente. Una mirada en sentido opuesto lo dejó petrificado: todo lo conocido estaba en esa dirección. El infinito mar de galaxias que era el Universo, ahora se veía como una pared flotando en el vacío, a lo lejos. Esto, en donde navegaban ahora... era otra cosa. Cerca suyo quedaba solamente un grupo de oficiales. Nadie sabía cuánto tiempo de vida tenían por delante. Con voz firme, Thaler dijo: “Si voy a morir, antes de hacerlo quiero ver qué hay más allá”, dijo señalando la pantalla. En ese momento, una oficial, Rirca Salen, en una escena llena de significado, se acercó tomándole la mano. Ellos y los demás permanecen mirando la pantalla.

La Flota continuó por largo rato atravesando esa zona viscosa que bordeaba el espacio conocido. La luminosidad y los colores visibles variaban de manera fluctuante. Los aparatos de a bordo ya no señalaban nada porque allí no había parámetros conocidos. No se sabía bien cuál era la velocidad ni la posición relativa. Sólo se sabía que, lentamente, el Cosmos conocido iba quedando atrás y que pronto lo perderían de vista, tal como sucedió un poco después. A bordo, la salud de ninguno de ellos era buena. Simplemente por analogías, Thaler calculaba que se encontraban recorriendo un Orbe que contenía al Universo entero, es decir, que estaban recorriendo algo que tenía como 50.000 millones de años-luz de diámetro, y el viaje seguía.

Cuando también cayeron enfermos, Thaler y Rirca se animaron mutuamente; los demás agonizaban a su alrededor. De pronto, al almirante notó que la espuma lechosa desaparecía y ante ellos aparecieron extrañas formas geométricas. Luego de un tiempo se produjo una tremenda explosión de origen incierto; la nave se sacudió y ellos cayeron al piso. Con lo que les quedaba de aliento, alcanzaron a ver una serie de luminosidades indescriptibles. Le sigue luego un período de sombras absolutas y entonces... cuál no sería su sorpresa cuando el hombre y la mujer alcanzan a ver, primero hacia abajo y luego en otras direcciones, un ignoto cielo estrellado, un espacio, virgen de toda mirada humana. A lo lejos, por uno y otro lado, distinguen claramente las estrellas, nuevos soles, miríadas de mundos perdiéndose en el infinito. No es el espacio que conocen. Es uno nuevo, distinto, mejor. Es el Nuevo Cosmos, un Universo para ellos.   
¡Lo he logrado! ¡Lo he logrado! –exclama Thaler abrazando a Rirca.
El viaje había llegado a su término. Era el final. Era el principio.

lunes, 23 de septiembre de 2019

Relato: La edad de los Toledos, de Daniel Verón

Daniel Verón
Tras la excelente acogida que tuvo Polvo de estrellas, el primer relato de Daniel Verón que publicamos en Sense of Wonder, es para mí un inmenso placer poder ofreceros otra historia que el autor generosamente nos ha cedido. Espero que os guste mucho y os recuerdo que podéis contactar con Daniel y acceder a otros cuentos suyos mediante su perfil de Facebook

Hasta que llegó la Edad de los Toledos y todo cambió. Algunos de los últimos grandes almirantes fueron Ohatis, Rameyer y Knowas. Luego de eso ya no hubo más federales que recorrieran el Cosmos de un extremo al otro. Los Pantocratores, más los Grandes Sabios, que controlaban la inmensa mayoría del Universo conocido, determinaron que ya era suficiente. Que el HS (Hombre Solar) había recorrido un largo camino para llegar a este punto. Que los federales ya no se ocuparían de recorrer millones de DUL (diámetros de universos locales), sino que el Hombre Solar podía delegar esta tarea, actualmente considerada menor, en otros seres que también estuvieran a su servicio. Para esto fueron creados los Toledos.

A decir verdad, luego de varios miles de millones de años, el Hombre Solar parecía haber cumplido sobradamente con este magno desafío que tuvieron ante sí sus ilustres antepasados. Por supuesto que cuando el HS apenas se asomó a los confines del Sistema Solar o cuando llegó a la estrella más próxima (Alfa Centauro), la tarea se veía tan inmensa que muchos creyeron que nunca tendría fin. Que pasarían los eones y, el HS aún estaría recorriendo las estrellas en alguna galaxia, en algún supercúmulo o vaya a saber donde. Sin embargo, el tiempo había pasado y el HS llegó prácticamente a cada rincón del Universo conocido. Sus grandes kosmokratores habían llenado páginas de gloria de la historia en lo concerniente al Modelo Humano. Cientos, miles y hasta millones de años se habían ido en esta fabulosa epopeya. Centenares de millones de planetas conquistados, miles y miles de razas inteligentes, sistemas planetarios completos, inmensidades de tiempo y espacio, todo eso tenían en su haber los grandes caudillos de la Federación. Hasta tal punto se trataba de una auténtica conquista, que el HS se había apropiado de millones de planetas para sí mismo, colonias espaciales que los llamaban. Y en cuanto a los mundos ya habitados por civilizaciones importantes, la Federación había dejado embajadas o delegaciones completas que proseguían su tarea. De hecho, uno de los elementos más notables de este magno proceso de conquista era la creciente absorción de otras razas. Así, los viejos enemigos se habían vuelto pacíficos, las razas ajenas al MH aceptaron colaborar con éste, mientras que otras eran, francamente, sometidas para los intereses de la Federación.

Eran varios los Pantocratores que habían llevado adelante este proceso. Entre los principales figuraban Zoser Korek, Dan-El Varonn, Starmack Midas, Gedeón Solar, y Gaspar Thorklind, por ejemplo. No hay duda que ellos eran quienes habían hecho de la Federación la organización más importante del Cosmos conocido. Es que ellos no sólo habían sido exploradores en su momento, sino que luego fueron los que establecieron una serie de objetivos de primer orden para el HS y para el MH en su totalidad.

De igual modo, muchos profetas habían anticipado que este momento llegaría. La exploración del espacio, que antes llenara de gloria a grandes almirantes, ahora se había vuelto una actividad menor y, en cierto modo, rutinaria. De las miles y miles de flotas que recorrían las galaxias y supercúmulos, muchas de ellas se habían cruzado con frecuencia o bien recorrían inmensas regiones que ya eran bien conocidas, gracias a viajes anteriores. Incluso existían anécdotas pintorescas de mundos “descubiertos” dos veces o bautizados con nombres diferentes. Más asombrosas eran las historias de almirantes que creían hallar nuevas razas, descubriendo, finalmente, que sólo se trataba de grupos rebeldes a la Federación o hasta de colonos provenientes de otro tiempo pero que, fuera de toda duda, pertenecían a la raza del HS. 

Es por estas y muchas otras causas que los Pantocratores de la Federación determinaron delegar esta tarea en otros. Para ello crearon la raza de los Toledos. En esta época, 7.000 millones de años después de los viajes de Gedeón Solar, por ejemplo, la Federación disponía de una cadena de mundos exclusivamente dedicados a la investigación biológica. En concreto, el plan fue llevado a cabo por el Supremo Varkis Zeronasis, una eminencia en biología, con el nombre de Proyecto Zoe. Este apuntaba a crear diversas formas de vida, no sólo los Toledos, que fueran útiles para la Federación.

Pero el caso puntual de los Toledos puede decirse que eran una raza hija de HS, y una variante más dentro del MH. Su aspecto era muy semejante al auténtico hombre terrestre, pero estaba dotado de una serie de cualidades, entre ellas, por supuesto, la obediencia. Los federales necesitaban de una raza que les obedeciera irrestrictamente sin tener problemas de conciencia por ello. 

Por lo tanto, los Toledos fueron probados durante largo tiempo. Se estudió su organismo, su lenguaje, su método de reproducción, su vida social y su inteligencia. Los federales experimentaron un gran entusiasmo al comprobar que los Toledos eran algo así como máquinas que podían ser programadas según sus deseos. Se trabajó arduamente en transmitirles muchos de los conocimientos que los federales tenían sobre el Cosmos, hasta que, aproximadamente un siglo después, Zeronasis y su equipo lograron enviar una tripulación completa a bordo de una flota experimental. Independientemente de este hecho, una colonia de Toledos ya estaba radicada en el planeta Mediatarde, de la galaxia Fórmix. Maravilloso era ver que estos seres entendían las órdenes y qué era lo que se esperaba de ellos.   

Desde luego, muchos se preguntaron a qué pensaban dedicarse los Hombres Solares luego de delegar tan magna empresa en los Toledos. La respuesta es muy simple: al Tiempo. Frente a la conquista del tiempo, la exploración del espacio parecía un juego de niños. Basta con que comparemos, que un área espacial cualquiera poseía simultáneamente tres tiempos: pasado, presente y futuro. De este modo es posible entender claramente que para explorar el tiempo en su totalidad, el esfuerzo era el triple de lo que proponía la conquista del espacio.

Además, desde la época de la Patrulla del Tiempo, los descubrimientos eran cada vez más sorprendentes. Los federales habían descubierto que el pasado, por ejemplo, se podía modificar indefinidamente, y que cada pasado subsistía en algún compartimiento cósmico, de tal modo que el futuro no necesariamente era modificado. Estas y muchas otras posibilidades hacían que ahora los Pantocratores prefiriesen volcar sus esfuerzos a todo lo que fuera el Tiempo, independientemente de en qué área espacial se hallaran.

No era esto todo, tampoco. Sucede que, a través del tiempo, el HS había descubierto nuevas dimensiones de las que ni siquiera se tenía idea que existieran. La sorpresa había sido tan grande que muchos sabios opinaban que se trataba simplemente de NUEVAS dimensiones, que no estaban presentes en los primeros eones de vida del Universo. Esto era de especial importancia porque reforzaba las teorías de otros, en cuanto a que el Cosmos estaba en permanente creación y que, por lo tanto, la exploración del mismo nunca tendría fin.

Tal como hemos dicho, los almirantes Ohatis, Rameyer y Knowas, fueron los últimos HS que estuvieron al frente de flotas espaciales de la Federación o, bien, de equipos exploradores. Específicamente, le tocó a Genard Knowas ser el último de todos, el cual, en una impresionante ceremonia realizada en Pausas-5, le entregó el mando de la principal flota de la Federación al capitán Junius Answer, un Toledo que para entonces ya tenía unos 40 años de vida. Answer había pasado muchos de esos años recorriendo el espacio en diferentes direcciones, acompañando a otros grandes almirantes y era, por lo tanto, uno de los Toledos más capacitados para esta tarea.

Puede decirse que a partir de ese momento, más que nunca, el objetivo supremo de los Toledos fue la exploración del espacio, tal cual lo habían hecho los federales desde tanto tiempo atrás. Es cierto que ellos obedecerían indicaciones concretas de sus creadores, pero también estaba previsto que, frente a lo desconocido (algo que sucedería incontables veces), los Toledos estaban autorizados a tomar decisiones por sí mismos.

¿Cuál era el beneficio que los Toledos obtenían de todo esto? Además de ocupar un lugar importantísimo en la historia cósmica, ellos tenían la posibilidad de habitar cuantos mundos quisieran, en tanto esto no perjudicara a la Federación de un modo u otro. El motivo es que de los cientos de miles de millones de mundos habitados por los federales, el HS tenía previsto abandonar algunos, por cuanto no reportaban ningún beneficio para ellos y sí mucho esfuerzo. Así que los Toledos tendrían lugares de sobra adonde asentarse.

Por otra parte, el Supremo Zoronasis y sus colaboradores les habían dado características muy especiales. Entre ellas figuraban: el tiempo de concepción de la mujer había disminuido de 6 a sólo 3 meses, el crecimiento del niño demandaba apenas 5 años y la mayor parte de estos recibían un excelente aprendizaje en toda clase de temas. Puede decirse que para los 10 años de edad, ya era un adulto completo. También es cierto que se les inculcaron una serie de principios éticos y morales para que su vida no fuera un desastre, como era el triste ejemplo del pasado del hombre terrestre. De esta forma, los Toledos crecían en medio de familias sólidas, formaban luego cada uno la suya y, sobre esto existía una estructura similar a la de los clanes, adonde el contacto entre diferentes familias subsistía indefinidamente. Salvo accidentes de suma gravedad, no estaba previsto que los Toledos murieran, ya que su organismo se autoregeneraba.    

Obviamente, estos seres le debían absolutamente todo a los federales, aún su misma existencia, como también el mostrarles cuál sería el objetivo supremo de su vida. Sin embargo, Varonn y otros Pantocratores habían puesto especial cuidado en que no se estableciera una relación mítico-religiosa con ellos. Los Toledos podrían comunicarse cuantas veces quisieran con ellos aunque, al mismo tiempo, estarían tan ocupados en cumplir con su misión que difícilmente lo harían.

Junius Answer agradeció en nombre de todos y aseguró que pensaban estar a la altura de lo que los federales esperaban. Sobre él recaía la inmensa tarea de organizar las primeras exploraciones y de colonizar tantos mundos como pudieran, dándole así un espacio físico a su raza.

En relación a la exploración, los caudillos de la Federación les aconsejaron dirigirse a una región de Supercúmulos de interés, ubicados hacia Centauro, que las flotas de la Federación habían prácticamente pasado por alto luego de hallar otros objetivos estratégicos de mayor interés. En cuanto a las demás flotas, todas ellas fueron enviadas a patrullar y supervisar las regiones más conocidas. Allí debían contactarse con las principales razas y establecer un plan de cooperación e intercambio. En otros lugares, en cambio, se determinó que los Toledos ocuparan ciertos planetas que los federales habían optado por abandonar. Por supuesto que, en todos los casos, se trataba de mundos de características más o menos terrestres.

Mientras tanto, la flota de Answer se dirigía al Supercúmulo C de Centauro. El trabajo era enorme, por cuanto muchos de los Toledos recién se estaban familiarizando con algunos equipos técnicos de última generación. Claro que, después de Answer, el principal oficial científico era Marnin Heyze, un especialista en cosmología que ya conocía ciertas zonas del Cosmos. Entre la tripulación también figuraba Aradia, una jefa de personal que hacía de nexo entre Answer y los equipos de colonos que trabajarían a millones de años-luz de allí. Fuera de eso, los Toledos, como raza, crearon varias comisiones que supervisarían las diferentes actividades. Lo cierto es que nunca antes en la historia cósmica, una raza había tenido ante sí tantos desafíos a la vez y con tantos elementos a su favor. Tal vez esto hacía que los Toledos  se sintieran muy seguros y se los viera disfrutar de todo este trabajo. Reemplazar al HS en el ambiente cósmico ciertamente no parecía cosa fácil, pero ellos se sentían muy confiados en lograrlo.

La primera de todas las misiones ejecutadas por Answer se desarrolló en forma impecable. El capitán obró con prudencia y así se internaron en aquel cúmulo de galaxias que los federales habían pasado por alto en su momento. De enorme interés resultó, entonces, encontrar una raza MH, del tipo andromedano, que poseía una tecnología impresionante.

Al igual que los viejos almirantes del pasado, Answer fue cumpliendo con todos los pasos que normalmente se cumplen en estos casos, a saber, la comunicación visual a distancia, gestos de amistad recíprocos, y una invitación concreta de la raza Masimarca, tal era su nombre, a visitarlos. Answer se hizo acompañar por varios de sus principales oficiales y algunos minutos después, él y su interlocutor, el Regente Toner, se saludaban frente a frente.

Answer y los demás Toledos observaron las instalaciones artificiales con mucho interés. Adondequiera que miraran era notoria la gran tecnología desarrollada por estos seres MH. A la distancia vieron una ciudad de características realmente asombrosa, que era una de la capitales del planeta. Por otra parte, Toner era un hombre amable, que les explicó que su raza era, en cuanto a lo humano, la principal en aquella galaxia y, probablemente, en todo el Supercúmulo C. Los Toledos simplemente se presentaron como una de las tantas razas exploradoras que hay en el Cosmos. Después de todo, eso es lo que eran. En esta clase de protocolos nadie se detiene a explicar cuál es su origen, ni tampoco hay muchos que les importe, salvo los científicos.

Sin embargo, sucedió algo completamente inesperado. Una vez que se dispuso que Answer y los demás permanecieran por unos días allí, y tras asistir a una reunión de bienvenida, Toner les comentó que al otro día estaba previsto un evento bastante importante, al cual ellos ahora estaban invitados.

¿De qué se trataba? Los Masimarcas eran expertos en todo lo concerniente a la investigación subatómica. Para eso, habían logrado reducir hombres y naves exploratorias al mínimo tamaño subatómico posible, invisible a los ojos comunes. En el espacio subatómico, sus científicos llevaban varias centurias descubriendo cosas realmente increíbles. Por ejemplo, vieron que muchos átomos eran verdaderos sistemas solares en miniatura, con una vida mínima, y que, en ellos mismos, no sólo existían formas de vida, sino hasta razas inteligentes, según de qué clase de átomos se tratase. Los Masimarcas tenían bien estudiado todo esto, pero la tarea en sí era inmensa. Sólo un trabajo metódico a lo largo de millones de años podía completar ese trabajo.

Pero Toner era un renovador. A él le interesaban las estrellas, los planetas, las galaxias, ver qué era lo que había más allá, en lo profundo del Cosmos. Como esta tarea se había revelado tanto o más inmensa que la del espacio subatómico, Toner había concebido una idea que al principio fue muy discutida, pero luego aceptada plenamente: Se trataba de crear seres especialmente aptos para el universo subatómico, los cuales continuarían la tarea emprendida por ellos. A cambio, los Masimarcas se consagrarían íntegramente a viajar por las galaxias, tal como los Toledos lo hacían. El caso es que, al día siguiente, se produjo una gran ceremonia en donde el mismo Toner realizó el primer lanzamiento subatómico de una misión tripulada por Cranes, la diminuta raza creada recientemente y sólo para este fin.

En cierto momento, Answer y Heyze se miraron. Es que todo lo que estaban viendo era tan similar a su propio caso en relación a los federales que luego, en un aparte, el capitán sintetizó lo que ambos pensaban: 

– Seguramente esto se ha repetido miles de veces y nosotros somos un eslabón más en la cadena, lo mismo que los federales. El problema es saber quiénes delegaron este poder en otras razas creadas para este fin. Además, falta saber el motivo. ¿En qué estarían tan ocupados, que ya no continuaron con lo que estaban haciendo?

Una vez más el silencio fue la respuesta.


lunes, 29 de julio de 2019

Relato: Polvo de estrellas, de Daniel Verón


Daniel Verón con su novela La exploración del universo
Hoy tengo el enorme placer de publicar un relato de Daniel Verón, un escritor argentino de ciencia ficción, licenciado en Filosofía y Letras y profesor de Teología que ha tenido la amabilidad de cedernos este "Polvo de estrellas". Daniel es autor de la novela La exploración del universo y podéis encontrar otros cuentos suyos a través de su perfil de Facebook. ¡Espero que os guste!

La desaparición de la nave Sol 2 y del Supremo Garyker más todos aquellos que le acompañaban causó un gran revuelo en la Federación y movilizó a varios importantes personajes. Algunos de los principales Pantocrátores se interesaron personalmente en el caso, realizando reuniones consultivas en una gran base situada en el Supercúmulo de Virgo. Allí fueron citados, entre otros, los Señores del Tiempo, especialmente Dongede Mistor, el Supremo originario de Andrómeda.

El problema inicial era que Garyker se había alejado mucho más allá de lo que era conveniente, a una edad tan remota que ni siquiera había una comunicación directa. No sólo eso; el Estado Mayor del Tiempo ni siquiera poseía un mapa cósmico de la Edad adonde se había dirigido. Peor aún: tampoco sabían qué tan adelante se había trasladado en el futuro. Así que no fue un trabajo fácil para los investigadores rehacer su camino. 

Momentáneamente, su lugar en la Federación fue suplido por el sabio Benjs, aquel héroe de la II Cruzada Interestelar y uno de los mayores especialistas en razas no-humanas (NH). No sin cierta sorpresa creyó ver poco interés en Magnus Silversen sobre la suerte de su colega. El Supremo Magnus seguía siendo básicamente un explorador al que no le gustaba ser molestado en sus interminables viajes por el Mar de Galaxias. No era así el caso de Gaspar Thorklind, otro de los hombres que habían contribuido enormemente a entender la inmensidad del Universo y que de algún modo sentía que esto le podría haber pasado a él también.

Dan-El Varonn y Starmack Midas dejaron sus placenteros  orbes donde solían descansar de su trabajo y decidieron reunirse con otros kosmokratores en el planeta Crespo, una de las clásicas reservaciones de la Federación, para tocar asuntos de interés general. Fue en ese sitio donde un grupo de sabios liderados por Marshall Brusock logró detectar tenues señales de la época en donde Garyker se había topado con la Flota del Tiempo. Las señales eran increíblemente tenues pero lograron ser ampliadas y transportadas a pantallas adonde pudiesen ser observadas en detalle.

Esta fue una de las pocas ocasiones en que se reunía un grupo selecto de Supremos, acaso aquellos que habían ido acumulando más poder a lo largo de los siglos. No se trataba, como en las Asambleas Ecuménicas, de reuniones multitudinarias sino de algo para unos pocos. Con enorme interés, los kosmokratores observaron las imágenes provenientes de aquel lejanísimo futuro. Allí estaban las mismas escenas que hemos visto en capítulos anteriores, donde el Supremo Garyker primero se encuentra con la nave Sol 2 y allí él y sus compañeros son recibidos por el almirante Isomeo Somalensis. Podría haber pasado por película pero lo que estaban viendo era la realidad misma, sólo que, gracias a los sistemas temporales de detección, las escenas podían ser pasadas una y otra vez ante ellos como si realmente se tratara de una película. Y eso fue lo que hicieron. Así fue cómo los kosmokratores pudieron observar aquella especie de silueta humana a la que Garyker había llamado El Sembrador. Sin embargo, por ahora todo se detenía allí, ya que luego el rastro se perdía por completo. Sería, pues, necesario realizar un nuevo rastreo hasta dar con la Edad adonde habían ido a parar.

Luego de la proyección, el Supremo Mistor habló:

Ustedes han oído las especulaciones que han elaborado nuestros compañeros –dijo–. ¿Debemos entender que esto es así realmente o están equivocados?
Me gustaría oír a nuestro colega, el Supremo Archis Elyssius –respondió Varonn iniciando, en cierto modo, el debate.
Sabía que iban a preguntarme algo así. Verán: las investigaciones que hemos podido realizar a las Edades más remotas del pasado parecerían corroborar la tesis de Garyker y Somalensis. En un pasado sumamente lejano nuestro Cosmos nació en base al proceso de Big Bang, pero no fue el único. Hasta donde podemos asegurarlo creemos que surgieron un número importante de cosmos proyectados como los espermatozoides en busca de un óvulo.
¿O sea –intervino Goviner– que lo que hasta ahora hemos llamado UT (Universo Total) no es sino uno entre muchos?
Así es –asintió Elyssius– El error ha sido dividirlo en UL (Universo Local) y UT. El verdadero UT es aquel que contendría infinidad de cosmos y no solamente el nuestro.
Parece increíble –murmuró Sol Varraiger que también estaba presente– Si nuestro cosmos  ya nos ha parecido inmensamente grande, imaginen lo que será esa estructura que contiene cientos o tal vez miles como él.
Si estamos en lo cierto –dijo Varonn– aquello fue una siembra y lo que ahora tienen ante sí Garyker y los otros es otra siembra más. Cada tantos millones de eones podría haber otras tantas siembras de cosmos.
Hacia atrás y hacia adelante en el tiempo –dijo Midas–. No sabemos con precisión en qué parte de la cadena estamos.
Bien, pero lo que no debemos olvidar –habló Mistor– es la Casa, el recipiente, el jarrón, como lo quieran llamar, que contiene a la totalidad de tales cosmos. Esto es lo que ha extraviado a nuestros compañeros.
No va a ser nada fácil determinar qué pueda ser La Casa –dijo Varonn–. Piensen en que no se trata de nada que sea mensurable para nosotros, de lo contrario ya lo tendríamos bien clasificado.

    Efectivamente así era. Todos los intentos que se hicieron para localizar la trayectoria seguida por la Flota del Tiempo fueron inútiles. En principio, no se podía saber qué tan al futuro se habían dirigido. Además, cuanto más lejos se hallara de algún cosmos menos posibilidades habían de detectarla por ningún medio. Si no habían muerto, los exploradores habían ingresado en un territorio completamente desconocido. Las reuniones se suceden y tanto kosmokratores como pantocrátores intentan dar con una solución. En cierta oportunidad, Varonn dijo a sus compañeros:

    El recipiente, para serlo, debe tener una existencia independiente a la de los cosmos. De otro modo desaparecería junto con ellos, ¿verdad?
    Desde el punto de vista humano sería casi eterno –respondió Mistor–. Por más que obtengamos una edad, esa cifra superaría a la de cada siembra de cosmos. 
    En tal caso –insiste Varonn– dicho recipiente existe también en la actualidad. ¿Por qué no lo investigamos ahora?
    Corremos el riesgo de que nos suceda lo mismo que a Garyker –dijo entonces Thorklind– Nos apartaríamos tanto de todo lo conocido que también desapareceríamos.
    No me refiero a eso – replica Varonn–. Nuestro compañeros se han dirigido adonde no había nada. Veamos entonces en qué se acomodan los cosmos vistos por Garyker. Si lo comparamos con resultados actuales, de esta siembra, podríamos ver, por lo pronto, adónde no buscar. Ese sería un principio.
    La teoría fue discutida un tiempo más hasta que, finalmente, los equipos fueron preparados para volver a ver el nacimiento de los minicosmos vistos por Garyker en el momento mismo en que eran sembrados en el vacío. Una serie de complicados cálculos demostraron que si bien los cosmos se abrían como los pétales de una flor, su distribución y proyección, luego, no eran iguales.

    Es increíble –dijo Midas–  Estos cosmos no avanzan en el vacío como si realmente estuviera vacio sino que, más bien, se acomodan en el vacío de acuerdo a ciertas leyes.
    ¿Saben? –dijo Varonn– Se me hace que La Casa no está tan vacía como algunos creen.
    Me parece que ya lo entiendo –intervino Varraiger– Garyker y los demás olvidaron a los cosmos anteriores, ¿no es cierto? Tal vez no desaparecen nunca sino que simplemente se transforman en otra cosa pero ocupan un lugar.
    Estas imágenes –insiste Varonn– nos muestran que hay nuevos cosmos que un día ocuparán el lugar de los actuales; y los actuales quizá ocupan el lugar de otros más antiguos aún.
    Pero, ¿es el mismo lugar exacto o sólo un lugar cercano? –interroga el Supremo Mistor.
    Como La Habitación parece ser bastante grande, hay lugar para todos –responde Varonn– Si no tendríamos que pensar que ella es invadida por cosmos que se van desplazando unos a otros.
    Aún en ese caso –sugiere Elyssius– parece confirmarse que los cosmos no se destruyen sino que sólo se transforman. Me pregunto qué características tendrá el nuestro dentro de 100.000  millones de eones.
    A todo esto, los equipos de alta tecnología de la Federación van trazando mapas cósmicos de la zona de donde reciben las señales. Aunque los resultados son prematuros, todo parece indicar que en la nueva siembra de cosmos éstos se dirigen a un sector ubicado hacia el N de lo que podría ser, efectivamente, La Casa. Luego, estos datos son cotejados con mapas cósmicos de la actualidad. Aquí va evidenciándose que nuestro cosmos y otros semejantes se dirigen, en cambio, a un sector diametralmente opuesto de los que surgirán en la nueva siembra. Los Supremos estudian los mapas durante largo tiempo.

    Los más nuevos van al Norte y los viejos al Sur –dijo Thorklind con cierto entusiasmo.
    Más bien creo otra cosa –replica Varonn–. Lo que estamos viendo es un arriba y un abajo. Señores, La Casa no es una casa: es un Edificio de varios pisos.
    Por un instante reina un completo silencio en el recinto.

    Supremo –dice Mistor– si esto es así, lo nuevo va arriba  y lo viejo cae al suelo. En tal caso ya sabemos cómo se transforman los cosmos: en polvo cósmico, el cual generará luego a otros más nuevos que subirán hasta que también caigan y así en un ciclo sin fin.
    Nuestros compañeros, entonces, se han dirigido a los costados –añade Varonn– adonde no hay otras estructuras. Es allí donde debemos buscar.
    Pero antes, todos estuvieron de acuerdo en que había una manera de comprobar si todo esto era realmente así. Para eso había que dirigirse al Sur cósmico, aún en la edad actual. Enviando rayos trimen, dicho haz atravesaría la estructura de nuestro cosmos y saldría adonde, aparentemente, había otros más viejos aún, de una siembra anterior.

    El experimento llevó varios días  hasta ser preparado. Que supieran, era la primera vez que se intentaba algo así. Un rayo enviado por el MH debía salir del cosmos y ofrecer imágenes de estructuras de las cuales hasta ahora nada se sabía. Enorme fue entonces la expectativa cuando todo estuvo listo. El grupo de Supremos en pleno, estaban en la sala de audiencias de Crespo para ver si sus teorías eran correctas o simplemente se habían dejado llevar por la imaginación. 

    Por primera vez algo ideado por el MH abandonó el Universo y salió a un espacio que visiblemente era semejante. Las imágenes que llegaron eran nítidas e increíbles. A lo lejos se distinguían claramente formaciones de estrellas y galaxias primitivas que pertenecían a otro cosmos mucho más antiguo. Esta era la prueba irrefutable.

    Amigos –dijo Varonn emocionado– estamos viendo otro universo. No es coetáneo del nuestro porque está más abajo en La Casa y es mucho más antiguo. Pertenece a otra siembra.

    Todos los reunidos contemplaron en silencio aquellas maravillosas imágenes. Todo lo que contemplaban era semejante a lo que estaban acostumbrados a ver en nuestro cosmos y, sin embargo, también era diferente. Allí existían muchas estructuras que ahora eran bidimensionales y en otro tiempo tal vez habían sido rutilantes galaxias. Lo que en otro tiempo fueran gloriosas estrellas ahora eran pedacitos de luz titilantes en inmensidades de oscuridad. Todo, absolutamente, evidenciaba desolación. Quizá eso mismo es lo que ocurriría algún día con nuestro cosmos y otros de la misma Edad.
    Pero el experimento continuó con tanto éxito, que al cabo de pocas horas pudieron ver otros cosmos, todos idénticos entre sí, pertenecientes a un mismo nivel de profundidad en el Edificio.

    Esto es algo que supera todo lo que habíamos imaginado –dijo Varonn–. Lo que vemos es algo así como un depósito de cosmos, de estructuras que ya no sirven y que han sido abandonadas para ser reemplazadas por otras. Todo esto nos demuestra un accionar inteligente que está mucho más allá de lo que podemos captar. Es más: en última instancia da la impresión de que en La Casa todo termina siendo reciclado, algo que parece imposible de no haber una o más inteligencias actuando. Jamás podría existir todo esto por sí solo.
    Yo también veo algo muy importante –intervino Midas–. Estos cosmos desgastados son algo así como las historias que no pudieron ser. Quién sabe cuántas clases de vida habrán albergado pero que, sin embargo, llegaron a su fin por causas externas a ellos mismos. Ahora también sabemos que esto es lo que ocurrirá un día con nuestro cosmos y ahí es entonces cuando el MH no tendrá escapatoria.

    Varonn se quedó mirándolo en silencio unos segundos y luego repitió:

    Las historias que no pudieron ser... Las historias que no pudieron ser... ¡Pero ahora lo sabemos! Podemos modificar la historia cósmica de tal modo que eso nunca suceda. Si lo deseamos, ahora mismo estamos en condiciones de revertir el proceso de envejecimiento cósmico y cada cosmos dará de sí mucho más aún.

    Los demás lo miraron con cierta incredulidad más Varonn insistió:

    Señores, la prioridad es buscar y recuperar al Supremo Garyker y sus compañeros. Pero luego... ¿Quién de ustedes querrá acompañarme?
    ¿A qué se refiere, Supremo? –interrogó Varraiger.
    Es muy simple. Si intervenimos en el proceso de cada cosmos la historia seguirá transcurriendo en ellos y tal vez ni siquiera se necesite de nuevas siembras para llenar La Casa.
    Pues quizá el Sembrador tenga otras propiedades en donde sembrar –murmuró Elyssius.
    Pero también cada uno de nosotros dispondrá de un cosmos completo para desarrollarlo como desee –concluyó Varonn. Y señalando la inmensidad primitiva que se veía por las pantallas añadió: – Los invito a que cada uno de ustedes señoree sobre un universo completo.
    Todos asintieron y se pusieron inmediatamente manos a la obra.