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jueves, 23 de julio de 2026

La evolución de la ciencia humana, de Ted Chiang

La semana pasada, en el Festival Celsius 232, tuve la oportunidad de asistir al encuentro con uno de misescritores de relatos favoritos: Ted Chiang. Aproveché, además, para releer La evolución de la ciencia humana, un microrelato suyo (incluido en la colección La historia de tu vida) que quizá no es de los más conocidos, pero que me parece increíblemente relevante a día de hoy. 

El relato comienza tal que así: 
Hace veinticinco años desde la última vez que un informe de investigación original fue enviado a nuestros editores para su publicación, lo que hace que éste sea un buen momento para revisar una cuestión muy discutida por aquel entonces: ¿cuál es el papel de los científicos humanos en una época en la que las fronteras de la indagación científica han quedado más allá de la comprensión de los humanos?

Y un poco más adelante dice lo siguiente: 

Nadie niega los muchos beneficios de la ciencia metahumana, pero uno de sus costes para los investigadores humanos fue la constatación de que probablemente nunca volverían a realizar una contribución original a la ciencia. Algunos abandonaron el campo completamente, pero los que se quedaron desplazaron su atención, alejándose de la investigación original y acercándose a la hermenéutica: interpretar el trabajo científico de los metahumanos.

Como le dije al propio Chiang cuando me acerqué a que me firmara mi ejemplar de La historia de tu vida, me parece uno de los mejores comentarios sobre lo que está sucediendo actualmente con el progreso de la inteligencia artificial en el campo de la investigación científica. Es increíblemente certero y premonitorio, y eso que que fue escrito hace más de 25 años. 

Esta misma semana hemos visto nuevos avances en el campo de las matemáticas, con modelos de IA resolviendo varios problemas abiertos que habían resistido los intentos de los investigadores matemáticos durante decenas de años. Lejos de ser casos aislados, estos logros son cada vez más habituales. Y no parece que el ritmo vaya a reducirse, sino más bien todo lo contrario. 

La evolución de la ciencia humana fue publicado originalmente en la revista científica Nature con el título de Catching Crumbs from the Table (algo así como "Recogiendo migajas de la mesa"), lo que evoca una imagen un tanto perturbadora: ¿nos veremos sobrepasados por inteligencias artificiales tan increíblemente avanzadas que no sólo no tendremos capacidad de contribuir nada nuevo sino que nos costará entender sus avances y nos veremos abocados a contentarnos con meras migajas de su conocimiento? Quizá sea aún pronto para decirlo, pero el ritmo al que la capacidad de las IAs para las matemáticas ha crecido en los últimos años es, cuando menos, sobrecogedor. 

En el año 1997, Deep Blue venció a Kasparov y, desde entonces, los mejores jugadores de ajedrez del planeta han sido ordenadores, con una diferencia con respecto al mejor humano que no ha hecho más que crecer. Que algo similar suceda con las matemáticas (o con otras ramas científicas o del conocimiento humano) tiene unas implicaciones mucho mayores. Al fin y al cabo, jugar bien al ajedrez no tiene un impacto social y económico significativo a nivel global. Pero ser capaz de crear nuevo conocimiento científico y técnico es harina de un costal muy, muy diferente. 

Como investigador en ciencia de la computación y matemáticas, observo esta tendencia con creciente asombro y curiosidad. Y el relato de Chiang me parece un reflejo absolutamente acertado de la situación que podríamos llegar a vivir en unos (pocos) años. Como se suele decir, vivimos "tiempos interesantes". 

lunes, 8 de junio de 2026

Morning Glories, de Nick Spencer y Joe Eisma

Morning Glories, de Nick Spencer y Joe Eisma, es un cómic que no debería gustarme por dos poderosas razones. La primera es que está inconcluso. Se han publicado 50 números, pero lleva unos cuantos años totalmente parado y no tiene pinta de que vaya a completarse nunca. Eso, en cualquier obra, ya está cerca de ser una bandera roja. Pero, en un cómic que depende tanto de crear misterios dentro de misterios, es aún peor. 

La otra gran razón es que el dibujo de Joe Eisma es... no demasiado bueno. En muchos de los fondos apenas hay detalles (o son inexistentes) y algunos de los personajes tienen rasgos tan genéricos que cuesta distinguirlos. Todo esto resulta aún peor cuando se compara el dibujo interior con las atractivas portadas de Rodin Esquejo. 

Pero, contra toda razón, y a pesar de estos dos grandes inconvenientes, Morning Glories me encanta. Había leído algunos volúmenes cuando empezó a publicarse y ya me habían gustado un montón. Ahora que la he vuelto a leer desde el principio, la he disfrutado tanto o más que cuando empecé a leerla. 

Morning Glories es una historia que tiene un tono muy parecido a la serie de televisión Lost, pero ambientada en un internado muy particular. La historia se basa por completo en misterios, enigmas y giros inesperados. Está protagonizada por personajes con habilidades (¿poderes?) de los más peculiares y cuyas motivaciones y acciones son todo menos predecibles. 

Y ahí reside su encanto, al menos para mí. Cada número introduce un nuevo misterio, un nuevo personaje, un nuevo giro sorprendente. Eso hace que cada número se lea en un suspiro, pasando una página tras otra como el que come pipas, siempre deseando saber qué va a pasar a continuación. 

Quizá no sea un cómic para todo el mundo. El dibujo no es nada destacable y es cierto que, al estar la serie inconclusa, no se resuelven todos los misterios planteados. Pero yo me lo he pasado estupendamente leyéndola y creo que el viaje ha sido suficientemente divertido como para compensar el hecho de no haber llegado al destino final que esperábamos. 

miércoles, 8 de abril de 2026

Assorted Crisis Events (Sucesos críticos variados), de Deniz Camp y Eric Zawadzki

Deniz Camp es uno de los guionistas de moda en el cómic americano. Entre otras obras firmadas por él en los últimos años, destacan la serie de The Ultimates que escribe para Marvel y el Absolute Martian Manhunter de DC (con un increíble apartado artístico del ovetense Javier Rodríguez, por cierto). Pero el cómic de Camp que, con diferencia, más me ha gustado de entre los que he tenido la oportunidad de leer es Assorted Crisis Events.

Concebido como una especie de antología de relatos cortos en forma gráfica, Assorted Crisis Events nos presenta historias en las que las crisis temporales, espaciales y multiversales transforman la vida de personas comunes. Una perspectiva muy atractiva claramente inspirada por novelas y relatos como Matadero Cinco de Vonnegut, The Time Traveller's Wife de Niffenegger, "Algo para nosotros, temponautas" de Dick o "Jeffty is Five" de Ellison. Si habéis leído alguna de esas obras, os podréis hacer una idea bastante acertada del tipo de temática que se trata en esta serie. 

Con la excepción del primer número, que es un poquito más flojo, todos los demás relatos son brillantes en su originalidad y su tratamiento de los personajes y las emociones humanas. Las historias son completamente independientes entre sí y pueden ser leídas en cualquier orden, aunque hay algunos pequeños elementos comunes que las conectan (y quizá se transformen en algo más cohesionado en el futuro, no lo sé). 

El dibujo de Zawadzki es, simplemente, maravilloso (y, como siempre, el color de Jordie Bellaire está a un nivel estratosférico). Me es difícil imaginar una mejor manera de contar estas historias que la de este artista. Su estilo se adapta de forma perfecta a cada nuevo relato, con unas composiciones de página tan acertadas como espectaculares. Es más, casi me atrevería a afirmar que hay cosas en esta sobra que solo pueden contarse en un medio como es el cómic. 

He estado tentado de incluir junto a esta entrada alguna imagen de las viñetas que más me han gustado (especialmente del quinto número, que es magistral), pero no quiero robaros el placer de descubrirlas por vosotros mismos en su contexto. Algunas me dejaron literalmente con la boca abierta. 

El primer tomo recopilatorio de Assorted Crisis Events, que recoge los números del 1 al 5,  ha sido publicado muy recientemente en España como Sucesos críticos variados por Astiberri, con traducción de Óscar Palmer. Ya sea en su versión original en inglés o en esta traducción al castellano, os recomiendo encarecidamente que le echéis un vistazo a esta obra. Hasta el momento, he podido leer las seis primeras entregas, pero estoy deseando seguir leyendo esta fantástica serie. Es uno de los cómics que más me han gustado en los últimos años y una de las razones que me animaron a escribir de nuevo en el blog. 

jueves, 19 de diciembre de 2019

Vídeo: Presentación de Orgasmatón e Incrustados, de Ian Watson (Celsius 2019)

Reanudo la publicación de vídeos del pasado Festival Celsius 232 con la grabación de la presentación de Orgasmatón e Incrustados, de Ian Watson, en la que el autor estuvo acompañado de los grandísimos Esteban Bentancour y Diego García Cruz. ¡Espero que os guste!



jueves, 5 de diciembre de 2019

Relato: El crepúsculo del hombre, de Daniel Verón

Daniel Verón, autor de El crepúsculo del hombre
Vuelve a ser un honor contar en Sense of Wonder con Daniel Verón, que ya nos ofreció Polvo de estrellas y La edad de los Toledos. En esta ocasión tenemos el placer de publicar un nuevo relato suyo, titulado El crepúsculo del hombre. Espero que lo disfrutéis y recordad que podéis contactar con Daniel (y leer otros cuentos suyos) a través de su perfil de Facebook.   

La federación creció más aún. Se llegó a un punto tal en donde sus Asambleas Ecuménicas excedían las dimensiones de un planeta común y, por lo tanto, se buscaron nuevos mundos, supergigantes, para alojar a las mayores reuniones jamás realizadas por civilización alguna. Los preparativos solían durar meses y el proceso de divinización de los líderes era cada vez mayor. En torno suyo se agolpaban ahora cientos y cientos de Portadores, representando a infinidad de Galaxias que se perdían en el vacío cósmico. Pero esto no era todo. Algunos líderes que asistieron a tales reuniones durante siglos lograron averiguar lo que nadie sabía fuera de allí. Así como otros hombres de otras épocas, aquellos que presidían los destinos de la Federación, cuando su vida se extinguía, eran “re-energizados” de una manera misteriosa y lanzados al espacio. Tiempo después, una luz que parecía ser la de una estrella común se añadía al cielo estrellado del infinito. En otras palabras, cada Supremo, cuando moría su cuerpo físico, pasaba literalmente a convertirse en una estrella más.

Pero el final se acercaba. El cuerpo humano no estaba hecho para durar siglos y siglos en el espacio tetradimensional. Pese a que se habían ensayado infinidad de métodos para extender la vida corporal, aunque los órganos internos habían sido mejorados, y hasta el método de reproducción había sido ligeramente modificado, nada parecía evitar que el cuerpo físico llegara a un fin, ni siquiera la reprogramación celular, por ejemplo. Lo más que se había logrado era extender la vida física a poco más de 300 años. Luego de eso se llegaba a un punto donde la muerte física hasta era bienvenida, como si el hombre no pudiese soportar vivir más que eso. Además, y esto era muy importante, gracias a esa muerte física, el alma se liberaba y accedía a ámbitos multidimensionales, en donde continuaba su existencia. Era algo así como la crisálida, que pasa de ser gusano a convertirse en mariposa.

Las continuas expediciones a los planos multidimensionales demostraron que el mismo estaba poblado de seres que alguna vez habían tenido cuerpos físicos como los demás. Es cierto que su experiencia anterior le servía de poco en ese lugar, pero lo concreto es que seguían viviendo, al parecer, indefinidamente. Estas investigaciones hicieron que el alma volviera a ser estudiada, sin que se pudiera llegar a una conclusión sobre su origen. Simplemente, un día aparecía, igual que el Universo en el Big Bang. Algunos científicos sugerían que las almas ya estaban presentes en el momento de la creación y que simplemente atravesaban diversas transformaciones: desde un espacio circular y plano, a nuestro Cosmos de cuatro dimensiones, para ingresar luego a otros ámbitos de 7, 10 y 15 o más dimensiones sucesivamente. El problema era que no existía (ni podía existir) algún instrumental para comprobar esto.

Mientras tanto, el hombre solar mismo parecía estar llegando a un punto de declive. Esto no era nada raro. Las incontables expediciones interestelares habían enseñado que las razas humanas y semihumanas, por muy evolucionadas que fueran, tenían una determinada duración como raza, un punto más allá del cual empezaban a extinguirse. Más allá de los ciclos históricos, comunes a toda civilización, ninguna raza era eterna. Además, no podían serlo tampoco, sencillamente porque el Cosmos mismo estaba cambiando. Quedaba claro que el Universo del año 5000 no era exactamente el mismo que habían conocido sus ancestros, por ejemplo. Incluso en el remoto pasado se habían detectado brillantes civilizaciones que desaparecieron por completo al cambiar también su entorno. De modo que el hombre solar no podía ser una excepción a esto.

Un tiempo después, algunos teóricos lanzaron una suposición realmente inquietante: lo que estaba llegando a su fin era el MODELO HUMANO en sí mismo, por lo menos en las áreas conocidas hasta entonces. En efecto; un estudio realizado en torno a la civilización de Altair y otras de cierta antigüedad, como los eridanos, parecían estar en franca decadencia. Los nacimientos eran cada vez menos, aparecían enfermedades nuevas y mortales, y ellos mismos, como sociedad, parecían haberse estancado. Apenas eran poco más que espectadores de las proezas del hombre solar, limitándose a ocupar unos pocos mundos seguros. No había descubrimientos ni empresas nuevas, sino que toda su sociedad inspiraba una gran decadencia apenas uno la veía. De acuerdo a los parámetros actuales, parecía que las razas más antiguas no estaban en condiciones de sobrevivir mucho más. Muchas no se habían adaptado a los grandes cambios, limitándose a llevar una existencia bastante monótona, sin grandes expectativas, confiando en que el Universo permanecería siempre igual.

Si bien los antairenses ya eran un grupo minoritario en ese tiempo, la señal de alerta llegó por parte de los eridanos. En cierta oportunidad, su civilización irradió un mensaje de auxilio a sus grandes amigos del espacio: los solares. A ese llamado acudió una importante flota dirigida por Zoicon Thaler. Lo cierto es que, apenas llegado a Walhalla, el almirante Thaler comprendió perfectamente lo que sucedía. Como un padre que, en su agonía, llama a su hijo para que esté a su lado, el gobernador Erron había llamado a la raza con la que habían compartido más cosas. Aún el planeta mismo estaba en una decadencia completa bien visible. Sus magníficas ciudades se parecían ahora a inmensos basurales; estaban casi completamente abandonadas y mucha de la eficiente tecnología de otros tiempos ya no funcionaba. Muchos ciudadanos, incluso, se encontraban enfermos o sumidos en una especie de agonía. El panorama era desolador y los hombres de Thaler se encontraron con muchas escenas realmente impresionantes. 

Los solares son recibidos en las habitaciones personales de Erron que se halla moribundo afectado por una extraña enfermedad. Sólo está acompañado por sus familiares más cercanos, pero todos se encuentran enfermos también. El dialogo que sostienen Erron y el almirante Thaler es altamente emotivo. El eridano le cuenta algo de su vida personal, de cómo imaginaba el futuro en su niñez, nunca algo como esto. Charlan amigablemente y Thaler logra encender su mirada al informarle los más recientes logros de la Federación. Los millones de sistemas planetarios, los incontables soles, las infinitas formas de vida que existían por doquier y, sobre todo, galaxias y más galaxias hasta perderse en las profundidades del Cosmos. Es el final. Erron lo toma de la mano y, con la mirada nublada, le dice simplemente: “Ustedes lo lograrán; ustedes lo lograrán”, y, tranquilo, expiró.

A medida que Thaler y sus hombres recorren Walhalla, comprueban que, uno tras otro, los eridanos van muriendo también. Ya no hay autoridades, ya no hay servicios, ya no hay movimiento, todo es muerte y los cadáveres se amontonan en las calles. No sólo es una civilización en extinción, sino que se trata de la desaparición de toda una raza también. Los federales siguen atentamente los acontecimientos y en pocos días mueren prácticamente todos los eridanos. Se busca en los mundos cercanos pero, hasta donde se puede apreciar, no parece haber sobrevivientes. Es así que llega un día en que el supremo Zetar, la máxima autoridad de la Federación, anuncia solemnemente la desaparición completa de la raza de los eridanos, sus viejos amigos del espacio...

Con posterioridad tiene lugar una ceremonia-homenaje en una Asamblea convocada de urgencia. Ante la presencia de miles y miles de delegados, durante todo un día completo se repasa lo que ha sido la brillante civilización eridana. Su origen, sus luchas, su sabiduría, su legendaria amistad con el hombre terrestre, su ejemplo. Se decide entonces reservarle en la Federación un sitial de honor, vacío, que represente para siempre a los eridanos. Es la primera vez que se realiza algo así pero, lamentablemente, no será la última. En efecto; en los años siguientes se sabe de otras razas más o menos cercanas a los solares que sufren pestes parecidas. Los pueblos de Perseo-8, de Vega, de Orión, etc. y, más allá de la Vía Láctea, hasta la raza amiga de Triángulo, unos pacíficos hombres y mujeres que parecen siempre jóvenes, hasta ellos caen víctimas del mal que afecta a todos los humanos. 

Cunde la alarma por doquier. Sin embargo, hay algo que diferencia a los solares de muchas otras razas similares. La suya parece ser la más extendida a lo largo del Cosmos. Si se trata solamente de alguna clase de peste, no existe ninguna posibilidad de contagio, ya que la raza se halla distribuida en cada una de las galaxias del Grupo Local y aún en algunas otras del inmenso mar intergaláctico. Al parecer, las colonias pueden estar seguras. Sin embargo, el tiempo pasa y, lentamente, comienza a repetirse algunos síntomas. Los gobernantes tratan de mantener los hechos en oculto pero todo va saliendo a la luz. El primer lugar gravemente afectado es la misma cuna del hombre solar: la Tierra y los principales planetas del Sistema. En otros lugares se desarrollan interminables investigaciones para ver cómo evitar este extraño deterioro general que lleva a la muerte.

Por todas partes se suceden escenas tremendas. Hay mundos en donde la gente parece haber enloquecido y la sociedad se ha sumergido en un caos total. En otras partes se asiste al inédito y asombroso espectáculo de ver centenares de miles de personas despidiéndose unas de otras, sabiendo que esa será la última vez que se verán. Hay lugares en donde ciertos grupos elaboran planes para ver de qué manera reencontrarse en los habitáculos multidimensionales, adonde se supone que va el alma de la totalidad de las personas muertas. Pero en otros sitios se observa la dramática lucha de hombres que no quieren morir. Fuera de todo control, hay ahora miles de personas que emigran a lejanas regiones del Cosmos tratando de salvarse. Ninguna organización puede ejercer algún control, ni siquiera la Federación. En cierta ocasión, durante una de las habituales Asambleas, el mismo Zetar, el Supremo de entonces, cae muerto ante la vista de todos los demás. Es el final.

Así fue como la raza solar fue cayendo, uno a uno, a lo largo del Cosmos, tal como antes ya le había sucedido a otras razas humanas en los últimos tiempos. Esto no era fruto del arma secreta de algún enemigo, ni siquiera de una “disgregación” inevitable de orden genético, como si el motor de la raza hubiera llegado a su fin. Es cierto que mucha gente desapareció sin que se supiera qué había sido de ellos, pero el grueso de la humanidad se encontró frente a un futuro que parecía inevitable. En medio de todo esto, la Federación subsistía como podía, con gobernantes ocasionales. La impresionante estructura conquistadora que había construido el hombre a lo largo de siglos, parecía venirse abajo. En medio de este caos, hubo un grupo que alcanzó a pergeñar un plan. Al frente del mismo se hallaba, justamente, el almirante Thaler, que aún disponía de una importante flota. El caso es que, ante la posible extinción del hombre, Thaler se proponía simplemente llegar adonde nadie había llegado todavía. Su plan era dirigirse a los confines del Universo para escapar de él.

La idea era audaz pero no imposible. El motivo de que antes no se hubieran enviado expediciones hasta tan lejos, era por el alto riesgo, ya que luego la flota debía retornar al punto de partida. En cambio, aquí esto no era necesario. Partieron, pues, desde de los límites de la Vía Láctea utilizando la mejor tecnología. Los sistemas hiperlumínicos ayudaron a dejar atrás millones de años-luz en muy poco tiempo. Desde luego, la gran incógnita era, ¿adónde terminaba el Universo? Las últimas observaciones indicaban que las galaxias más lejanas estaban a unos 15.000 millones de años-luz. Sin embargo, la Flota Omega recorrió las dos terceras partes de esta fabulosa distancia, sondeando en las profundidades, sin que se visualizaran límites por ninguna parte. En medio de esta situación, algunos hombres de la tripulación empezaron a mostrar síntomas del fin.

El mar de galaxias era algo superior a lo que ningún hombre jamás había imaginado. Thaler dirigió personalmente las investigaciones y revisó muchos cálculos. En realidad, los científicos nunca pensaron que el Universo fuese algo tan grande. Al mismo tiempo tuvo que enfrentar escenas sobrecogedoras aún en la nave principal. Luego de caer enfermo, uno de sus principales oficiales enloqueció de una manera espantosa al grito de “¡No quiero morir, no quiero morir!”, suponiendo que se había extraviado en el Universo. Los acontecimientos se precipitaban. Thaler y algunos sabios lograron elaborar un mapa completo del Cosmos de acuerdo al recorrido. El inmenso espacio que surcaban presentaba una extraña estructura con impresionantes aglomeraciones de materia repartida de manera desigual, contrastando con otros sectores completamente vacíos. El gran dilema era adónde dirigirse.

A medida que caía uno a uno la mayoría de los tripulantes, el almirante tomó una decisión corrigiendo ligeramente el rumbo. La Flota pareció sumergirse en una especie de océano de espuma, lechoso, fosforescente. Una mirada en sentido opuesto lo dejó petrificado: todo lo conocido estaba en esa dirección. El infinito mar de galaxias que era el Universo, ahora se veía como una pared flotando en el vacío, a lo lejos. Esto, en donde navegaban ahora... era otra cosa. Cerca suyo quedaba solamente un grupo de oficiales. Nadie sabía cuánto tiempo de vida tenían por delante. Con voz firme, Thaler dijo: “Si voy a morir, antes de hacerlo quiero ver qué hay más allá”, dijo señalando la pantalla. En ese momento, una oficial, Rirca Salen, en una escena llena de significado, se acercó tomándole la mano. Ellos y los demás permanecen mirando la pantalla.

La Flota continuó por largo rato atravesando esa zona viscosa que bordeaba el espacio conocido. La luminosidad y los colores visibles variaban de manera fluctuante. Los aparatos de a bordo ya no señalaban nada porque allí no había parámetros conocidos. No se sabía bien cuál era la velocidad ni la posición relativa. Sólo se sabía que, lentamente, el Cosmos conocido iba quedando atrás y que pronto lo perderían de vista, tal como sucedió un poco después. A bordo, la salud de ninguno de ellos era buena. Simplemente por analogías, Thaler calculaba que se encontraban recorriendo un Orbe que contenía al Universo entero, es decir, que estaban recorriendo algo que tenía como 50.000 millones de años-luz de diámetro, y el viaje seguía.

Cuando también cayeron enfermos, Thaler y Rirca se animaron mutuamente; los demás agonizaban a su alrededor. De pronto, al almirante notó que la espuma lechosa desaparecía y ante ellos aparecieron extrañas formas geométricas. Luego de un tiempo se produjo una tremenda explosión de origen incierto; la nave se sacudió y ellos cayeron al piso. Con lo que les quedaba de aliento, alcanzaron a ver una serie de luminosidades indescriptibles. Le sigue luego un período de sombras absolutas y entonces... cuál no sería su sorpresa cuando el hombre y la mujer alcanzan a ver, primero hacia abajo y luego en otras direcciones, un ignoto cielo estrellado, un espacio, virgen de toda mirada humana. A lo lejos, por uno y otro lado, distinguen claramente las estrellas, nuevos soles, miríadas de mundos perdiéndose en el infinito. No es el espacio que conocen. Es uno nuevo, distinto, mejor. Es el Nuevo Cosmos, un Universo para ellos.   
− ¡Lo he logrado! ¡Lo he logrado! –exclama Thaler abrazando a Rirca.
El viaje había llegado a su término. Era el final. Era el principio.

martes, 29 de octubre de 2019

Leticia Lara reseña Salvation Lost, de Peter F. Hamilton

Es un placer rescatar el blog del letargo para ofreceros una reseña de Leticia Lara, del imprescindible Fantástica Ficción, que hoy nos habla de Salvation Lost, segunda parte de Salvation, de Peter F. Hamilton. ¡Espero que os guste!

Banda sonora de la reseña: Sugiero leer esta reseña escuchando Salvation, de Dover (YouTube, Spotify)

Elías vuelve a darme la oportunidad de leer a Peter F. Hamilton, en esta ocasión con Salvation Lost, la continuación de Salvation. Aunque la primera entrega de la saga prometía mucho, lo cierto es que en este segundo libro los defectos están más a la vista y el disfrute de la novela se resiente. Pero analicémoslo por partes.

En Salvation Lost el autor ha perdido el elemento sorpresa que se reservaba para el final de Salvation, así que como ya no tenemos ese “misterio” como hilo conductor, el interés en la lectura se tiene que mantener por otras razones. Por desgracia, al menos en los primeros capítulos los ganchos utilizados son un tanto chabacanos. Las escenas de sexo se suceden sin mucho concierto y aparentemente sin necesidad, cuando quizá lo que nos interesaría es ver el desarrollo de los planes de defensa del planeta Tierra, que quedó en una situación un tanto precaria. Y tampoco parece importante dedicar varios capítulos a cómo se reconcilia una pareja de mediana edad en un ático de Londres mientras el mundo se desmorona alrededor. Puede que en la tercera parte tengan un papel muy relevante, pero en este libro parece que sus historias son de relleno y para aportar un punto de vista que parece superfluo. Esto se podría pasar por alto si al menos las nuevas incorporaciones de personajes fueran atractivas, pero es que no alcanzan a hacer sombra a los que ya conocíamos. 

No obstante, en las ocasiones en las que la novela se centra en los puntos de interés, vemos cómo se despliega un plan destinado a extenderse durante miles de años. Eso sí es apasionante y es lo que me daba ganas de continuar leyendo, aún lastrada por los problemas que he mencionado anteriormente. Subterfugios ocultos en intrigas envueltos por señuelos que nos harán pensar un poco. La línea temporal del futuro se va aclarando en parte, aunque una nueva incorporación con un papel poco claro nos puede hacer dudar de la efectividad de los planes que se desarrollaron en su momento; esta parte es quizá la más atractiva del libro.

Hamilton es un maestro narrando escenas de acción salpicadas por nuevas tecnologías. Estos desarrollos convierten cualquier enfrentamiento más en un choque de intelectos y gadgets que en una pelea en la que el físico tenga algo de importancia y de estos también tenemos unos cuantos a lo largo del libro. Escenas como sabotajes e infiltraciones, asaltos a naves espaciales y misiones prácticamente suicidas que colmarán las ansias de los amantes de la acción.
La proximidad de una catástrofe es capaz de sacar lo mejor y lo peor de los seres humanos, como refleja el británico en algunos capítulos especialmente duros, más por los detalles escabrosos que por los resultados globales, aunque es posible que esa distinción sea precisamente la que haga más mella en el lector.

En resumen, Salvation Lost es un retroceso respecto a Salvation, ya que adolece de algunos de los problemas que Hamilton ya mostró en obras anteriores. Sin embargo, no podremos juzgar la trilogía como un todo hasta que lleguemos al capítulo final, que leeré con mucho interés.

lunes, 23 de septiembre de 2019

Relato: La edad de los Toledos, de Daniel Verón

Daniel Verón
Tras la excelente acogida que tuvo Polvo de estrellas, el primer relato de Daniel Verón que publicamos en Sense of Wonder, es para mí un inmenso placer poder ofreceros otra historia que el autor generosamente nos ha cedido. Espero que os guste mucho y os recuerdo que podéis contactar con Daniel y acceder a otros cuentos suyos mediante su perfil de Facebook. 

Hasta que llegó la Edad de los Toledos y todo cambió. Algunos de los últimos grandes almirantes fueron Ohatis, Rameyer y Knowas. Luego de eso ya no hubo más federales que recorrieran el Cosmos de un extremo al otro. Los Pantocratores, más los Grandes Sabios, que controlaban la inmensa mayoría del Universo conocido, determinaron que ya era suficiente. Que el HS (Hombre Solar) había recorrido un largo camino para llegar a este punto. Que los federales ya no se ocuparían de recorrer millones de DUL (diámetros de universos locales), sino que el Hombre Solar podía delegar esta tarea, actualmente considerada menor, en otros seres que también estuvieran a su servicio. Para esto fueron creados los Toledos.

A decir verdad, luego de varios miles de millones de años, el Hombre Solar parecía haber cumplido sobradamente con este magno desafío que tuvieron ante sí sus ilustres antepasados. Por supuesto que cuando el HS apenas se asomó a los confines del Sistema Solar o cuando llegó a la estrella más próxima (Alfa Centauro), la tarea se veía tan inmensa que muchos creyeron que nunca tendría fin. Que pasarían los eones y, el HS aún estaría recorriendo las estrellas en alguna galaxia, en algún supercúmulo o vaya a saber donde. Sin embargo, el tiempo había pasado y el HS llegó prácticamente a cada rincón del Universo conocido. Sus grandes kosmokratores habían llenado páginas de gloria de la historia en lo concerniente al Modelo Humano. Cientos, miles y hasta millones de años se habían ido en esta fabulosa epopeya. Centenares de millones de planetas conquistados, miles y miles de razas inteligentes, sistemas planetarios completos, inmensidades de tiempo y espacio, todo eso tenían en su haber los grandes caudillos de la Federación. Hasta tal punto se trataba de una auténtica conquista, que el HS se había apropiado de millones de planetas para sí mismo, colonias espaciales que los llamaban. Y en cuanto a los mundos ya habitados por civilizaciones importantes, la Federación había dejado embajadas o delegaciones completas que proseguían su tarea. De hecho, uno de los elementos más notables de este magno proceso de conquista era la creciente absorción de otras razas. Así, los viejos enemigos se habían vuelto pacíficos, las razas ajenas al MH aceptaron colaborar con éste, mientras que otras eran, francamente, sometidas para los intereses de la Federación.

Eran varios los Pantocratores que habían llevado adelante este proceso. Entre los principales figuraban Zoser Korek, Dan-El Varonn, Starmack Midas, Gedeón Solar, y Gaspar Thorklind, por ejemplo. No hay duda que ellos eran quienes habían hecho de la Federación la organización más importante del Cosmos conocido. Es que ellos no sólo habían sido exploradores en su momento, sino que luego fueron los que establecieron una serie de objetivos de primer orden para el HS y para el MH en su totalidad.

De igual modo, muchos profetas habían anticipado que este momento llegaría. La exploración del espacio, que antes llenara de gloria a grandes almirantes, ahora se había vuelto una actividad menor y, en cierto modo, rutinaria. De las miles y miles de flotas que recorrían las galaxias y supercúmulos, muchas de ellas se habían cruzado con frecuencia o bien recorrían inmensas regiones que ya eran bien conocidas, gracias a viajes anteriores. Incluso existían anécdotas pintorescas de mundos “descubiertos” dos veces o bautizados con nombres diferentes. Más asombrosas eran las historias de almirantes que creían hallar nuevas razas, descubriendo, finalmente, que sólo se trataba de grupos rebeldes a la Federación o hasta de colonos provenientes de otro tiempo pero que, fuera de toda duda, pertenecían a la raza del HS. 

Es por estas y muchas otras causas que los Pantocratores de la Federación determinaron delegar esta tarea en otros. Para ello crearon la raza de los Toledos. En esta época, 7.000 millones de años después de los viajes de Gedeón Solar, por ejemplo, la Federación disponía de una cadena de mundos exclusivamente dedicados a la investigación biológica. En concreto, el plan fue llevado a cabo por el Supremo Varkis Zeronasis, una eminencia en biología, con el nombre de Proyecto Zoe. Este apuntaba a crear diversas formas de vida, no sólo los Toledos, que fueran útiles para la Federación.

Pero el caso puntual de los Toledos puede decirse que eran una raza hija de HS, y una variante más dentro del MH. Su aspecto era muy semejante al auténtico hombre terrestre, pero estaba dotado de una serie de cualidades, entre ellas, por supuesto, la obediencia. Los federales necesitaban de una raza que les obedeciera irrestrictamente sin tener problemas de conciencia por ello. 

Por lo tanto, los Toledos fueron probados durante largo tiempo. Se estudió su organismo, su lenguaje, su método de reproducción, su vida social y su inteligencia. Los federales experimentaron un gran entusiasmo al comprobar que los Toledos eran algo así como máquinas que podían ser programadas según sus deseos. Se trabajó arduamente en transmitirles muchos de los conocimientos que los federales tenían sobre el Cosmos, hasta que, aproximadamente un siglo después, Zeronasis y su equipo lograron enviar una tripulación completa a bordo de una flota experimental. Independientemente de este hecho, una colonia de Toledos ya estaba radicada en el planeta Mediatarde, de la galaxia Fórmix. Maravilloso era ver que estos seres entendían las órdenes y qué era lo que se esperaba de ellos.   

Desde luego, muchos se preguntaron a qué pensaban dedicarse los Hombres Solares luego de delegar tan magna empresa en los Toledos. La respuesta es muy simple: al Tiempo. Frente a la conquista del tiempo, la exploración del espacio parecía un juego de niños. Basta con que comparemos, que un área espacial cualquiera poseía simultáneamente tres tiempos: pasado, presente y futuro. De este modo es posible entender claramente que para explorar el tiempo en su totalidad, el esfuerzo era el triple de lo que proponía la conquista del espacio.

Además, desde la época de la Patrulla del Tiempo, los descubrimientos eran cada vez más sorprendentes. Los federales habían descubierto que el pasado, por ejemplo, se podía modificar indefinidamente, y que cada pasado subsistía en algún compartimiento cósmico, de tal modo que el futuro no necesariamente era modificado. Estas y muchas otras posibilidades hacían que ahora los Pantocratores prefiriesen volcar sus esfuerzos a todo lo que fuera el Tiempo, independientemente de en qué área espacial se hallaran.

No era esto todo, tampoco. Sucede que, a través del tiempo, el HS había descubierto nuevas dimensiones de las que ni siquiera se tenía idea que existieran. La sorpresa había sido tan grande que muchos sabios opinaban que se trataba simplemente de NUEVAS dimensiones, que no estaban presentes en los primeros eones de vida del Universo. Esto era de especial importancia porque reforzaba las teorías de otros, en cuanto a que el Cosmos estaba en permanente creación y que, por lo tanto, la exploración del mismo nunca tendría fin.

Tal como hemos dicho, los almirantes Ohatis, Rameyer y Knowas, fueron los últimos HS que estuvieron al frente de flotas espaciales de la Federación o, bien, de equipos exploradores. Específicamente, le tocó a Genard Knowas ser el último de todos, el cual, en una impresionante ceremonia realizada en Pausas-5, le entregó el mando de la principal flota de la Federación al capitán Junius Answer, un Toledo que para entonces ya tenía unos 40 años de vida. Answer había pasado muchos de esos años recorriendo el espacio en diferentes direcciones, acompañando a otros grandes almirantes y era, por lo tanto, uno de los Toledos más capacitados para esta tarea.

Puede decirse que a partir de ese momento, más que nunca, el objetivo supremo de los Toledos fue la exploración del espacio, tal cual lo habían hecho los federales desde tanto tiempo atrás. Es cierto que ellos obedecerían indicaciones concretas de sus creadores, pero también estaba previsto que, frente a lo desconocido (algo que sucedería incontables veces), los Toledos estaban autorizados a tomar decisiones por sí mismos.

¿Cuál era el beneficio que los Toledos obtenían de todo esto? Además de ocupar un lugar importantísimo en la historia cósmica, ellos tenían la posibilidad de habitar cuantos mundos quisieran, en tanto esto no perjudicara a la Federación de un modo u otro. El motivo es que de los cientos de miles de millones de mundos habitados por los federales, el HS tenía previsto abandonar algunos, por cuanto no reportaban ningún beneficio para ellos y sí mucho esfuerzo. Así que los Toledos tendrían lugares de sobra adonde asentarse.

Por otra parte, el Supremo Zoronasis y sus colaboradores les habían dado características muy especiales. Entre ellas figuraban: el tiempo de concepción de la mujer había disminuido de 6 a sólo 3 meses, el crecimiento del niño demandaba apenas 5 años y la mayor parte de estos recibían un excelente aprendizaje en toda clase de temas. Puede decirse que para los 10 años de edad, ya era un adulto completo. También es cierto que se les inculcaron una serie de principios éticos y morales para que su vida no fuera un desastre, como era el triste ejemplo del pasado del hombre terrestre. De esta forma, los Toledos crecían en medio de familias sólidas, formaban luego cada uno la suya y, sobre esto existía una estructura similar a la de los clanes, adonde el contacto entre diferentes familias subsistía indefinidamente. Salvo accidentes de suma gravedad, no estaba previsto que los Toledos murieran, ya que su organismo se autoregeneraba.    

Obviamente, estos seres le debían absolutamente todo a los federales, aún su misma existencia, como también el mostrarles cuál sería el objetivo supremo de su vida. Sin embargo, Varonn y otros Pantocratores habían puesto especial cuidado en que no se estableciera una relación mítico-religiosa con ellos. Los Toledos podrían comunicarse cuantas veces quisieran con ellos aunque, al mismo tiempo, estarían tan ocupados en cumplir con su misión que difícilmente lo harían.

Junius Answer agradeció en nombre de todos y aseguró que pensaban estar a la altura de lo que los federales esperaban. Sobre él recaía la inmensa tarea de organizar las primeras exploraciones y de colonizar tantos mundos como pudieran, dándole así un espacio físico a su raza.

En relación a la exploración, los caudillos de la Federación les aconsejaron dirigirse a una región de Supercúmulos de interés, ubicados hacia Centauro, que las flotas de la Federación habían prácticamente pasado por alto luego de hallar otros objetivos estratégicos de mayor interés. En cuanto a las demás flotas, todas ellas fueron enviadas a patrullar y supervisar las regiones más conocidas. Allí debían contactarse con las principales razas y establecer un plan de cooperación e intercambio. En otros lugares, en cambio, se determinó que los Toledos ocuparan ciertos planetas que los federales habían optado por abandonar. Por supuesto que, en todos los casos, se trataba de mundos de características más o menos terrestres.

Mientras tanto, la flota de Answer se dirigía al Supercúmulo C de Centauro. El trabajo era enorme, por cuanto muchos de los Toledos recién se estaban familiarizando con algunos equipos técnicos de última generación. Claro que, después de Answer, el principal oficial científico era Marnin Heyze, un especialista en cosmología que ya conocía ciertas zonas del Cosmos. Entre la tripulación también figuraba Aradia, una jefa de personal que hacía de nexo entre Answer y los equipos de colonos que trabajarían a millones de años-luz de allí. Fuera de eso, los Toledos, como raza, crearon varias comisiones que supervisarían las diferentes actividades. Lo cierto es que nunca antes en la historia cósmica, una raza había tenido ante sí tantos desafíos a la vez y con tantos elementos a su favor. Tal vez esto hacía que los Toledos  se sintieran muy seguros y se los viera disfrutar de todo este trabajo. Reemplazar al HS en el ambiente cósmico ciertamente no parecía cosa fácil, pero ellos se sentían muy confiados en lograrlo.

La primera de todas las misiones ejecutadas por Answer se desarrolló en forma impecable. El capitán obró con prudencia y así se internaron en aquel cúmulo de galaxias que los federales habían pasado por alto en su momento. De enorme interés resultó, entonces, encontrar una raza MH, del tipo andromedano, que poseía una tecnología impresionante.

Al igual que los viejos almirantes del pasado, Answer fue cumpliendo con todos los pasos que normalmente se cumplen en estos casos, a saber, la comunicación visual a distancia, gestos de amistad recíprocos, y una invitación concreta de la raza Masimarca, tal era su nombre, a visitarlos. Answer se hizo acompañar por varios de sus principales oficiales y algunos minutos después, él y su interlocutor, el Regente Toner, se saludaban frente a frente.

Answer y los demás Toledos observaron las instalaciones artificiales con mucho interés. Adondequiera que miraran era notoria la gran tecnología desarrollada por estos seres MH. A la distancia vieron una ciudad de características realmente asombrosa, que era una de la capitales del planeta. Por otra parte, Toner era un hombre amable, que les explicó que su raza era, en cuanto a lo humano, la principal en aquella galaxia y, probablemente, en todo el Supercúmulo C. Los Toledos simplemente se presentaron como una de las tantas razas exploradoras que hay en el Cosmos. Después de todo, eso es lo que eran. En esta clase de protocolos nadie se detiene a explicar cuál es su origen, ni tampoco hay muchos que les importe, salvo los científicos.

Sin embargo, sucedió algo completamente inesperado. Una vez que se dispuso que Answer y los demás permanecieran por unos días allí, y tras asistir a una reunión de bienvenida, Toner les comentó que al otro día estaba previsto un evento bastante importante, al cual ellos ahora estaban invitados.

¿De qué se trataba? Los Masimarcas eran expertos en todo lo concerniente a la investigación subatómica. Para eso, habían logrado reducir hombres y naves exploratorias al mínimo tamaño subatómico posible, invisible a los ojos comunes. En el espacio subatómico, sus científicos llevaban varias centurias descubriendo cosas realmente increíbles. Por ejemplo, vieron que muchos átomos eran verdaderos sistemas solares en miniatura, con una vida mínima, y que, en ellos mismos, no sólo existían formas de vida, sino hasta razas inteligentes, según de qué clase de átomos se tratase. Los Masimarcas tenían bien estudiado todo esto, pero la tarea en sí era inmensa. Sólo un trabajo metódico a lo largo de millones de años podía completar ese trabajo.

Pero Toner era un renovador. A él le interesaban las estrellas, los planetas, las galaxias, ver qué era lo que había más allá, en lo profundo del Cosmos. Como esta tarea se había revelado tanto o más inmensa que la del espacio subatómico, Toner había concebido una idea que al principio fue muy discutida, pero luego aceptada plenamente: Se trataba de crear seres especialmente aptos para el universo subatómico, los cuales continuarían la tarea emprendida por ellos. A cambio, los Masimarcas se consagrarían íntegramente a viajar por las galaxias, tal como los Toledos lo hacían. El caso es que, al día siguiente, se produjo una gran ceremonia en donde el mismo Toner realizó el primer lanzamiento subatómico de una misión tripulada por Cranes, la diminuta raza creada recientemente y sólo para este fin.

En cierto momento, Answer y Heyze se miraron. Es que todo lo que estaban viendo era tan similar a su propio caso en relación a los federales que luego, en un aparte, el capitán sintetizó lo que ambos pensaban: 

– Seguramente esto se ha repetido miles de veces y nosotros somos un eslabón más en la cadena, lo mismo que los federales. El problema es saber quiénes delegaron este poder en otras razas creadas para este fin. Además, falta saber el motivo. ¿En qué estarían tan ocupados, que ya no continuaron con lo que estaban haciendo?

Una vez más el silencio fue la respuesta.


martes, 10 de septiembre de 2019

El Alcalde reseña Rosalera, de Tade Thompson


Después de hablarnos de La esfera luminosa, El Alcalde vuelve a Sense of Wonder para deleitarnos con una de sus reseñas. En este caso, la obra elegida es Rosalera, de Tade Thompson. ¡Espero que os guste!

Banda sonora de la reseña: El Alcalde sugiere leer esta reseña escuchando Rose Garden, de Lynn Anderson (Spotify, YouTube).

A veces te toca abrir la caja de herramientas de las frases hechas. A ver... “No sabía que era imposible y lo hizo”. Sí… esta va bien para reseñar la primera novela de Tade Thompson: Rosalera. Porque vamos a ver, es tu primera novela de scifi y te metes en un berenjenal biopunk con extraterrestres, zombis y poderes mentales. Para habernos matado. Pero no, el libro funciona. Como un tejido sobre el que vas cosiendo fragmentos aleatoriamente y que, visto de lejos, tiene muy buena pinta aunque de cerca se vean los costurones. Pero aquí hemos venido a pasarlo bien. Y con Tade, la juerga está asegurada.

El inicio de la historia tiene un saborcillo familiar. Aniquilación, de VanderMeer y, sobre todo, Roadside Picnic, de los Strugasky. Aquella hipnótica novela que era más un escenario que una historia. Un cajón de arena lleno de juguetes sobre el que deambulan los protagonistas. Un sandbox, si estuviésemos hablando de videojuegos. Porque un buen escenario te asegura una buena historia casi siempre. Y Rosalera lo es. Una ciudad creada alrededor de una cúpula de origen alienígena en la Nigeria de 2066. Por cierto, un beso en los morros al traductor. Respetando el sentido del original (Rosewater), ha optado por un sugerente título infinitamente mejor que “agua de rosas” (Rosalera) que sugiere el olor a sobaco marinado que debe de hacer ahí dentro de la cúpula entre bichos, cosas medio muertas y resucitadas y fauna alienígena revenida. A Kaaro, el protagonista de la novela, parece no importarle mucho la zorrera que hay armada y gravita en torno a ella como el resto de protagonistas de la historia. Porque la cúpula hace muchas cosas, entre ellas curar a la gente una vez al año, de todas sus afecciones. Y lo hace a conciencia, como yo cuando monto un mueble de Ikea y me sobran una piezas, me faltan otras y al final me las arreglo para ponerlo de pie por muy chunga que estuviera la cosa. Y eso, en bioingeniería extraterrestre, se llama “hombre con dos penes” en algún caso y muertos vivientes en el extremo contrario de la diversión. Pues ya tenemos zombis en la historia. ¿Que igual vas a la cúpula con un catarrillo de verano y acabas buscando cerebros que comer al día siguiente? Mala suerte,  ya se encargarán de ti las patrullas limpiadoras o animosos ciudadanos armados con bates.

Según avanza la novela, el pastel aumenta con más ingredientes, ¡poderes mentales! Porque Kaaro, nuestro desganado protagonista, es uno de los pocos “sensibles” capaces de introducirse en la mente de otros y de conectarse a la “xenosfera” un espacio mental que no es sino un remedo del ciberespacio de toda la vida en la que los sensibles pueden echar la tarde, crearse avatares y zurrarse (o hacerse el dulce amor) entre ellos. Como twitter ahora, pero sin ofenderse tanto. Y esta es la parte bio/cyberpunk de Rosalera, no excesivamente original, pero ingeniosa ya que se basa en una invasión microscópica de hongos extraterrestres que permiten esta conexión ajena a la tecnología lo que hace que tu novela cyber no envejezca tan mal como las de los 80 y 90, que ahí los tienes cabalgando la red a bordo de sus Spectrum de teclado de goma todavía.

Porque de eso va Rosalera. Dice el autor en algunas entrevistas que es una “invasión lenta” con una clara referencia a los procesos coloniales que forman parte de la historia de África y, concretamente, de Nigeria. Bien traído, Tade. Porque a ver, aparte de la curación del SIDA, la xenosfera, los microorganismos, los poderes mentales, la cúpula, la ciudad Rosalera, ¿qué han hecho por nosotros los extraterrestres? Visto así, pues habrá que dejarles que nos conquisten un poco por lo menos. Que si no, no tenemos historia. Y en eso andamos, a través de una estructura que alterna tres momentos de la historia de Kaaro poniéndonos en antecedentes y que completa la narración del presente con incisos concretos para aclararnos el funcionamiento de cosillas como la xenosfera y los poderes del protagonista. Por sacar algún defecto al libro, la verdad es que se hace un poco confusa la estructura al repetir protagonistas y escenario en los tres momentos. Pero nada grave, porque el estilo de Thompson es ágil, rápido y, algo que escritores experimentados parecen evitar, dinámico: siempre pasan cosas. Hay persecuciones, escenas de pelea a gorrazos con extraterrestres, tiros, bombas… todas esas cosas que nos gustan que pasen a otros, especialmente si es ficción. 

Rosalera forma parte de una trilogía de la que solo falta la tercera por aparecer. En este primer título hay suficientes cabos sueltos como para justificar la continuación de la obra. De hecho, todo son cabos sueltos y eso es lo que hace interesante toda la historia. Nada está muy claro, todo son teorías y suposiciones, como el enigmático capítulo dedicado a los Estados Unidos. ¿Hueles eso? Es el aroma de la buena scifi. Por cierto, hay que decir que leeréis muchas reseñas de este libro (porque no os fiaréis de mi, con buen criterio) y la palabra afropunk estará en muchas de ellas. Pocas veces una etiqueta ha resultado tan injusta, ya que sugiere un estilo, una forma de hacer propia, autóctona y un leve aroma exótico que nos sugiere un escritor nigeriano que ha sobrevivido a dickensianas dificultades para convertirse en escritor de ciencia ficción y que nos habla de sus cositas, allí en Nigeria. No es el caso (tampoco pasaría nada si lo fuera). Tade Thompson es británico, y Nigeria es el escenario como podría haber sido Colmenar Viejo. Porque no importa el origen si hay una buena historia. Y en Rosalera la tenemos. Sin esconderse en atavismos, en recursos estilísticos, ni en oscuras referencias, pero con personalidad. Y, ya cerrando la caja de herramientas de las frases hechas, solo queda decir que la única etiqueta justa para Rosalera es la de nuestra buena amiga, la clásica ciencia ficción. 

lunes, 2 de septiembre de 2019

Vídeo: Presentación de la revista Windumanoth (Celsius 2019)

Llega septiembre y vuelven el cole, el trabajo... ¡y los vídeos del Celsius a Sense of Wonder! Hoy me alegra poder ofreceros la grabación de lo se está ya convirtiendo en la tradicional apertura del festival: la presentación de la revista Windumanoth. 

Participan Cristina Macía (brevemente), Álex Sebastián, Daniel Pérez, Isa J. González y Ana Casanova. 

¡Que lo disfrutéis!


   

domingo, 18 de agosto de 2019

Ganadores de los Premios Hugo 2019

Se acaban de anunciar los ganadores de los Premios Hugo 2019. Los podéis ver a continuación, en negrita, junto con el resto de finalistas:

Mejor novela

  • The Calculating Stars, by Mary Robinette Kowal (Tor)
  • Record of a Spaceborn Few, by Becky Chambers (Hodder & Stoughton / Harper Voyager)
  • Revenant Gun, by Yoon Ha Lee (Solaris)
  • Space Opera, by Catherynne M. Valente (Saga)
  • Spinning Silver, by Naomi Novik (Del Rey / Macmillan)
  • Trail of Lightning, by Rebecca Roanhorse (Saga)

Mejor novela corta

  • Artificial Condition, by Martha Wells (Tor.com Publishing)
  • Beneath the Sugar Sky, by Seanan McGuire (Tor.com Publishing)
  • Binti: The Night Masquerade, by Nnedi Okorafor (Tor.com Publishing)
  • The Black God’s Drums, by P. Djèlí Clark (Tor.com Publishing)
  • Gods, Monsters, and the Lucky Peach, by Kelly Robson (Tor.com Publishing)
  • The Tea Master and the Detective, by Aliette de Bodard (Subterranean Press / JABberwocky Literary Agency)

Mejor relato

  • “If at First You Don’t Succeed, Try, Try Again,” by Zen Cho (B&N Sci-Fi and Fantasy Blog, 29 November 2018)
  • “The Last Banquet of Temporal Confections,” by Tina Connolly (Tor.com, 11 July 2018)
  • “Nine Last Days on Planet Earth,” by Daryl Gregory (Tor.com, 19 September 2018)
  • The Only Harmless Great Thing, by Brooke Bolander (Tor.com Publishing)
  • “The Thing About Ghost Stories,” by Naomi Kritzer (Uncanny Magazine 25, November- December 2018)
  • “When We Were Starless,” by Simone Heller (Clarkesworld 145, October 2018)

Mejor relato corto

  • “The Court Magician,” by Sarah Pinsker (Lightspeed, January 2018)
  • “The Rose MacGregor Drinking and Admiration Society,” by T. Kingfisher (Uncanny Magazine 25, November-December 2018)
  • “The Secret Lives of the Nine Negro Teeth of George Washington,” by P. Djèlí Clark (Fireside Magazine, February 2018)
  • “STET,” by Sarah Gailey (Fireside Magazine, October 2018)
  • “The Tale of the Three Beautiful Raptor Sisters, and the Prince Who Was Made of Meat,” by Brooke Bolander (Uncanny Magazine 23, July-August 2018)
  • “A Witch’s Guide to Escape: A Practical Compendium of Portal Fantasies,” by Alix E. Harrow (Apex Magazine, February 2018)

Mejor serie

  • The Centenal Cycle, by Malka Older (Tor)
  • The Laundry Files, by Charles Stross (most recently Tor.com Publishing/Orbit)
  • Machineries of Empire, by Yoon Ha Lee (Solaris)
  • The October Daye Series, by Seanan McGuire (most recently DAW)
  • The Universe of Xuya, by Aliette de Bodard (most recently Subterranean Press)
  • Wayfarers, by Becky Chambers (Hodder & Stoughton / Harper Voyager)

Mejor obra relacionada

  • Archive of Our Own, a project of the Organization for Transformative Works
  • Astounding: John W. Campbell, Isaac Asimov, Robert A. Heinlein, L. Ron Hubbard, and the Golden Age of Science Fiction, by Alec Nevala-Lee (Dey Street Books)
  • The Hobbit Duology (documentary in three parts), written and edited by Lindsay Ellis and Angelina Meehan (YouTube)
  • An Informal History of the Hugos: A Personal Look Back at the Hugo Awards, 1953- 2000, by Jo Walton (Tor)
  • www.mexicanxinitiative.com: The Mexicanx Initiative Experience at Worldcon 76 (Julia Rios, Libia Brenda, Pablo Defendini, John Picacio)
  • Ursula K. Le Guin: Conversations on Writing, by Ursula K. Le Guin with David Naimon (Tin House Books)

Mejor historia gráfica

  • Abbott, written by Saladin Ahmed, art by Sami Kivelä, colours by Jason Wordie, letters by Jim Campbell (BOOM! Studios)
  • Black Panther: Long Live the King, written by Nnedi Okorafor and Aaron Covington, art by André Lima Araújo, Mario Del Pennino and Tana Ford (Marvel)
  • Monstress, Volume 3: Haven, written by Marjorie Liu, art by Sana Takeda (Image Comics)
  • On a Sunbeam, by Tillie Walden (First Second)
  • Paper Girls, Volume 4, written by Brian K. Vaughan, art by Cliff Chiang, colours by Matt Wilson, letters by Jared K. Fletcher (Image Comics)
  • Saga, Volume 9, written by Brian K. Vaughan, art by Fiona Staples (Image Comics)

Mejor presentación dramática, forma larga

  • Annihilation, directed and written for the screen by Alex Garland, based on the novel by Jeff VanderMeer (Paramount Pictures / Skydance)
  • Avengers: Infinity War, screenplay by Christopher Markus and Stephen McFeely, directed by Anthony Russo and Joe Russo (Marvel Studios)
  • Black Panther, written by Ryan Coogler and Joe Robert Cole, directed by Ryan Coogler (Marvel Studios)
  • A Quiet Place, screenplay by Scott Beck, John Krasinski and Bryan Woods, directed by John Krasinski (Platinum Dunes / Sunday Night)
  • Sorry to Bother You, written and directed by Boots Riley (Annapurna Pictures)
  • Spider-Man: Into the Spider-Verse, screenplay by Phil Lord and Rodney Rothman, directed by Bob Persichetti, Peter Ramsey and Rodney Rothman (Sony)

Mejor presentación dramática, forma corta

  • The Expanse: “Abaddon’s Gate,” written by Daniel Abraham, Ty Franck and Naren Shankar, directed by Simon Cellan Jones (Penguin in a Parka / Alcon Entertainment)
  • Doctor Who: “Demons of the Punjab,” written by Vinay Patel, directed by Jamie Childs (BBC)
  • Dirty Computer, written by Janelle Monáe, directed by Andrew Donoho and Chuck Lightning (Wondaland Arts Society / Bad Boy Records / Atlantic Records)
  • The Good Place: “Janet(s),” written by Josh Siegal & Dylan Morgan, directed by Morgan Sackett (NBC)
  • The Good Place: “Jeremy Bearimy,” written by Megan Amram, directed by Trent O’Donnell (NBC)
  • Doctor Who: “Rosa,” written by Malorie Blackman and Chris Chibnall, directed by Mark Tonderai (BBC)

Mejor editor profesional, forma corta

  • Neil Clarke
  • Gardner Dozois
  • Lee Harris
  • Julia Rios
  • Lynne M. Thomas and Michael Damian Thomas
  • E. Catherine Tobler

Mejor editor profesional, forma larga

  • Sheila E. Gilbert
  • Anne Lesley Groell
  • Beth Meacham
  • Diana Pho
  • Gillian Redfearn
  • Navah Wolfe

Mejor ilustrador profesional

  • Galen Dara
  • Jaime Jones
  • Victo Ngai
  • John Picacio
  • Yuko Shimizu
  • Charles Vess

Mejor semiprozine

  • Beneath Ceaseless Skies, editor-in-chief and publisher Scott H. Andrews
  • Fireside Magazine, edited by Julia Rios, managing editor Elsa Sjunneson-Henry, social coordinator Meg Frank, special features editor Tanya DePass, founding editor Brian White, publisher and art director Pablo Defendini
  • FIYAH Magazine of Black Speculative Fiction, executive editors Troy L. Wiggins and DaVaun Sanders, editors L.D. Lewis, Brandon O’Brien, Kaleb Russell, Danny Lore, and Brent Lambert
  • Shimmer, publisher Beth Wodzinski, senior editor E. Catherine Tobler
  • Strange Horizons, edited by Jane Crowley, Kate Dollarhyde, Vanessa Rose Phin, Vajra Chandrasekera, Romie Stott, Maureen Kincaid Speller, and the Strange Horizons Staff
  • Uncanny Magazine, publishers/editors-in-chief Lynne M. Thomas and Michael Damian Thomas, managing editor Michi Trota, podcast producers Erika Ensign and Steven Schapansky, Disabled People Destroy Science Fiction Special Issue editors-in-chief Elsa Sjunneson-Henry and Dominik Parisien

Mejor fanzine

  • Galactic Journey, founder Gideon Marcus, editor Janice Marcus
  • Journey Planet, edited by Team Journey Planet
  • Lady Business, editors Ira, Jodie, KJ, Renay & Susan
  • nerds of a feather, flock together, editors Joe Sherry, Vance Kotrla and The G
  • Quick Sip Reviews, editor Charles Payseur
  • Rocket Stack Rank, editors Greg Hullender and Eric Wong

Mejor fancast

  • Be the Serpent, presented by Alexandra Rowland, Freya Marske and Jennifer Mace
  • The Coode Street Podcast, presented by Jonathan Strahan and Gary K. Wolfe
  • Fangirl Happy Hour, hosted by Ana Grilo and Renay Williams
  • Galactic Suburbia, hosted by Alisa Krasnostein, Alexandra Pierce, and Tansy Rayner Roberts, produced by Andrew Finch
  • Our Opinions Are Correct, hosted by Annalee Newitz and Charlie Jane Anders
  • The Skiffy and Fanty Show, produced by Jen Zink and Shaun Duke, hosted by the Skiffy and Fanty Crew

Mejor escritor amateur

  • Foz Meadows
  • James Davis Nicoll
  • Charles Payseur
  • Elsa Sjunneson-Henry
  • Alasdair Stuart
  • Bogi Takács

Mejor ilustrador amateur

  • Sara Felix
  • Grace P. Fong
  • Meg Frank
  • Ariela Housman
  • Likhain (Mia Sereno)
  • Spring Schoenhuth

Mejor libro ilustrado

  • The Books of Earthsea: The Complete Illustrated Edition, illustrated by Charles Vess, written by Ursula K. Le Guin (Saga Press /Gollancz)
  • Daydreamer’s Journey: The Art of Julie Dillon, by Julie Dillon (self-published)
  • Dungeons & Dragons Art & Arcana: A Visual History, by Michael Witwer, Kyle Newman, Jon Peterson, Sam Witwer (Ten Speed Press)
  • Spectrum 25: The Best in Contemporary Fantastic Art, ed. John Fleskes (Flesk Publications)
  • Spider-Man: Into the Spider-Verse – The Art of the Movie, by Ramin Zahed (Titan Books)
  • Tolkien: Maker of Middle-earth, ed. Catherine McIlwaine (Bodleian Library)

Premio John W. Campbell al mejor autor novel

  • Katherine Arden (2nd year of eligibility)
  • S.A. Chakraborty (2nd year of eligibility)
  • R.F. Kuang (1st year of eligibility)
  • Jeannette Ng (2nd year of eligibility)
  • Vina Jie-Min Prasad (2nd year of eligibility)
  • Rivers Solomon (2nd year of eligibility)

Premio Lodestar al mejor libro juvenil

  • The Belles, by Dhonielle Clayton (Freeform / Gollancz)
  • Children of Blood and Bone, by Tomi Adeyemi (Henry Holt / Macmillan Children’s Books)
  • The Cruel Prince, by Holly Black (Little, Brown / Hot Key Books)
  • Dread Nation, by Justina Ireland (Balzer + Bray)
  • The Invasion, by Peadar O’Guilin (David Fickling Books / Scholastic)
  • Tess of the Road, by Rachel Hartman (Random House / Penguin Teen)