lunes, 8 de junio de 2026

Morning Glories, de Nick Spencer y Joe Eisma

Morning Glories, de Nick Spencer y Joe Eisma, es un cómic que no debería gustarme por dos poderosas razones. La primera es que está inconcluso. Se han publicado 50 números, pero lleva unos cuantos años totalmente parado y no tiene pinta de que vaya a completarse nunca. Eso, en cualquier obra, ya está cerca de ser una bandera roja. Pero, en un cómic que depende tanto de crear misterios dentro de misterios, es aún peor. 

La otra gran razón es que el dibujo de Joe Eisma es... no demasiado bueno. En muchos de los fondos apenas hay detalles (o son inexistentes) y algunos de los personajes tienen rasgos tan genéricos que cuesta distinguirlos. Todo esto resulta aún peor cuando se compara el dibujo interior con las atractivas portadas de Rodin Esquejo. 

Pero, contra toda razón, y a pesar de estos dos grandes inconvenientes, Morning Glories me encanta. Había leído algunos volúmenes cuando empezó a publicarse y ya me habían gustado un montón. Ahora que la he vuelto a leer desde el principio, la he disfrutado tanto o más que cuando empecé a leerla. 

Morning Glories es una historia que tiene un tono muy parecido a la serie de televisión Lost, pero ambientada en un internado muy particular. La historia se basa por completo en misterios, enigmas y giros inesperados. Está protagonizada por personajes con habilidades (¿poderes?) de los más peculiares y cuyas motivaciones y acciones son todo menos predecibles. 

Y ahí reside su encanto, al menos para mí. Cada número introduce un nuevo misterio, un nuevo personaje, un nuevo giro sorprendente. Eso hace que cada número se lea en un suspiro, pasando una página tras otra como el que come pipas, siempre deseando saber qué va a pasar a continuación. 

Quizá no sea un cómic para todo el mundo. El dibujo no es nada destacable y es cierto que, al estar la serie inconclusa, no se resuelven todos los misterios planteados. Pero yo me lo he pasado estupendamente leyéndola y creo que el viaje ha sido suficientemente divertido como para compensar el hecho de no haber llegado al destino final que esperábamos.