Banda sonora de la reseña: Sugiero leer esta reseña escuchando
Bonito de
Jarabe de Palo (
Spotify,
Youtube).
The Name of the Wind (El nombre del viento) de Patrick Rothfuss es uno de esos libros de fantasía que, en cierto modo, han trascendido el género y han llegado a un público lector más amplio. De hecho, varias amigos que no son lectores habituales de literatura fantástica lo habían leído y me habían preguntado mi opinión sobre él. Era, claramente, una laguna que necesitaba cubrir cuanto antes y este verano me puse manos a la obra... con no muy buenos resultados.
Debo comenzar diciendo que no he podido terminar el libro. Lo dejé allá por el 80% con la intención de hacer un esfuerzo un poco más adelante y rematarlo. Pero, pasadas las semanas, me he dado cuenta de que la vida es demasiado corta como para perderla leyendo algo por obligación y sin que a uno le paguen por ello. Hay cosas mucho mejores que hacer. Así que si a alguien le indigna que me atreva (otra vez) a hacer una reseña de un libro que no he acabado de leer, puede hacer uso de los comentarios, que para eso están.
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Póngame la última trilogía de fantasía épica.
Y una carretilla para llevarla |
Como es fácil deducir, no me ha gustado nada
The Name of the Wind. En realidad, en algunos momentos me ha hecho resoplar y poner los ojos en blanco. Pero, ¿por qué, concretamente? Las razones principales son tres. En primer lugar, este es un libro tremenda, excesivamente largo. Ya sé que la moda actual, especialmente en el género fantástico, es escribir novelas enormes, principios de trilogías (en el mejor de los casos) inacabables, libros que, como dicen los ingleses, se podrían usar para sujetar puertas. Y, para más inri, la mayor parte de estas obras son novelas de debut. Es cierto que
hay autores con talento suficiente como para salir airosos del reto, pero no es, ni mucho menos, la norma general y, desde luego, no es el caso de
Rothfuss.
El nombre del viento es largo, insufriblemente largo. Y repetitivo hasta la náusea. Hay partes, como el supuesto homenaje a
Dickens, que ocupan cientos de páginas y podrían (y deberían) haberse solventado en unas pocas decenas. Y ese sólo es el caso más sangrante; el libro está más hinchado que una flota de dirigibles.
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| Ya sólo me faltan tres peniques para un laúd nuevo |
Además, gran parte de las páginas que le sobran a la novela, y esta es mi segunda gran queja, se emplean en describir detalles irrelevantes y hasta irritantes. En particular, la obsesión retentivo-anal con la que se lleva la contabilidad exacta del dinero del que dispone el protagonista en cada momento de la historia es como para hacérselo mirar, y estoy seguro que daría al menos para un par de tesinas en psiquiatría. Es verdad que añadir detalles sobre la economía y los precios puede contribuir a aportar credibilidad a la creación del mundo, pero una cosa es dar unas pinceladas y otra es saturar al lector hasta que se sepa mejor los precios del universo del libro que los del supermercado en el que compra todos los días. En algunos momentos, me imaginaba a
Rothfuss con una hoja de cálculo llevando las cuentas de las posesiones de Kvothe
mientras escribía la historia. Y frotándose las manos, disfrutándolo.
Pero todo esto palidece ante mi tercer (y principal) problema con The Name of the Wind, que no es otro que su protagonista. Kvothe es el personaje perfecto, infalible, dotado de talento para todo. El repelente niño Vicente que todo lo sabe, que todo lo hace bien. El padre de Chuck Norris, capaz de cualquier hazaña con solo proponérselo. Y es a que Kvothe se le da bien todo: cantar, la magia, los idiomas, tocar instrumentos, montar a caballo, la botánica, la medicina... no hay disciplina que se le resista. Y encima tiene memoria eidética. Todo lo hace diez veces mejor que los demás y con la décima parte de esfuerzo. Una delicia, vamos. La Biblia en verso, la pera limonera, la polla en vinagre el marido que cualquier madre querría para su hija. El problema es que uno ya tiene una edad en la que ni se cree ni le importan esos personajes que, como diría Norman Spinrad, son emperadores de todas las cosas. Sobre todo porque en mi juventud leí mucho a Orson Scott Card y ya tengo el cupo más que cubierto.
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| Dí que sí, Chuck |
Podría argumentarse que Kvothe es un personaje en transición, que aún está aquejado por la arrogancia de la juventud, que evolucionará en los próximos libros. De hecho, durante la primera mitad de la novela pensaba que
Rothfuss jugaba precisamente a eso, a mostrarnos un personaje que aprende humildad a base de golpes. Quería creer que
Rothfuss no estaba tan enamorado de Kvothe como el propio personaje lo está de sí mismo. Pero página a página me iba convenciendo de lo contrario. Precisamente el que la historia esté contada en retrospectiva por el protagonista es la oportunidad perfecta para introducir matices, para reflexionar sobre los errores, para poner un poco de gris en tanto blanco y negro. Pero no es así, más bien al contrario. Kvothe se lamenta al mirar el pasado, sí, pero no por su prepotencia y orgullo, sino, fundamentalmente, por lo injusto de las circunstancias en las que le tocó vivir. Puede que esto tome otra dirección en ese 20% que me resta por leer, pero me cuesta imaginármelo (y, desde luego, no tengo intención de averiguarlo).
The Name of the Wind es un libro que pensaba que me iba a gustar. Que, de hecho, quería que me gustara. Pero que he terminando aborreciendo porque es un compendio de todos los peores vicios de la fantasía épica, desde Tolkien hasta nuestros días: empeño en escribir más y más páginas, obsesión con las descripciones aburridas e irrelevantes y personajes inmaculados e irreales que provocan más rechazo que admiración. Sinceramente, me esperaba otra cosa. Y he oído que la segunda parte es más de lo mismo: más largo, más pesado, más Kvothe. Gracias, pero que no cuenten conmigo.
Nota: Esta reseña está dedicada a mi gran amigo
Miquel Codony, que cometió el mayor eufemismo del siglo al decirme, antes de que empezara a leerlo, que éste era "
un libro muy bonito". Pero con cariño, ¿eh?