Reanudo la publicación de vídeos del pasado Festival Celsius 232 con la grabación de la presentación de Orgasmatón e Incrustados, de Ian Watson, en la que el autor estuvo acompañado de los grandísimos Esteban Bentancour y Diego García Cruz. ¡Espero que os guste!
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jueves, 19 de diciembre de 2019
lunes, 29 de abril de 2019
Esteban Bentancour reseña Exhalation, de Ted Chiang
¿Puede haber algo mejor que contar con una nueva colección de relatos de Ted Chiang? Pocas cosas, desde luego, pero una de ellas es contar con una nueva colección de relatos de Ted Chiang... y que el gran Esteban Bentancour la reseñe para nosotros con su habitual profundidad y acierto. ¡Espero que os guste!
Todavía recuerdo mi primer acercamiento a La historia de tu vida, de Ted Chiang. Fue hará unos diez años, en el estand de Alamut y Bibliópolis de la feria del libro de Madrid. Recuerdo que me lo recomendaron junto a Los tejedores de cabellos, de Andreas Eschbach, y que, aquella vez, me terminé decantando por la novela. Sin embargo, el libro de Eschbach me gustó tanto que el año siguiente —por mera asociación— fui hasta el estand de la feria a por La historia de tu vida. Y así volví a leer una maravilla.
La portada de aquella edición —con el ángel, la pirámide y la taza— sugería un contenido más cercano a la fantasía que a la ciencia ficción, pero al poco de empezar a leerla descubrí un relato de ciencia ficción hard digno de Greg Egan. Su premisa era la siguiente: ¿qué sucedería si se tuviese la prueba de que las matemáticas carecen de sentido? La genialidad de Chiang en «Dividido entre cero» (ese es el título del relato) consiste en elegir como protagonista a la matemática que la ha descubierto para analizar las consecuencias emocionales (no científicas) de su desarrollo conceptual.
Lo mismo puede decirse de «La historia de tu vida», el relato que da título a la colección y que hoy es ampliamente conocido gracias a Arrival, la magnífica película de Denis Villeneuve.
Sin embargo, partir de conceptos abstractos para trasmitirnos emociones no es la única estrategia que puede verse en su antología. En lo que respecta a la ciencia ficción, Chiang también se desplaza en sentido contrario.
Un buen ejemplo de esto es «¿Te gusta lo que ves? (Documental)», el relato que cierra el libro. Además de emplear el recurso de «la historia oral» (adelantándose, por ejemplo, a Guerra Mundial Z, de Max Brooks) y de centrarse en la transformación social que genera un avance tecnológico (y no en el avance propiamente dicho), su estructura fragmentada y polifónica le permite conceptualizar —contraponer puntos de vista— sobre un tema tan emocional como el «efecto halo». En pocas palabras, Ted Chiang no solo consigue emocionarnos partiendo de conceptos, sino que logra extraer conceptos analizando emociones.
Sumada a esas dos estrategias, el libro desarrolla una tercera que también me sorprendió: aborda la fantasía con un enfoque científico. Y con «enfoque científico» no me refiero al propuesto por Brandon Sanderson en sus «Leyes de la Magia» —quien recomienda que se definan una serie de reglas para los «sistemas de magia» y que luego se sigan y exploren como si fuesen leyes físicas—; a lo que me refiero es a partir de la base de que ciertas aseveraciones religiosas o mitológicas han sido demostradas científicamente y explorar, desde esa premisa, el tipo de sociedad, ciencia y tecnología que ese hecho produce. Es el caso del relato «Setenta y dos letras» y, muy especialmente, de «El infierno es la ausencia de Dios»… del que volveré a hablar más adelante.
La historia de tu vida me gustó tanto que, cuando me enteré hace unos meses de que Ted Chiang iba a sacar una segunda antología, la apunté entre los imprescindibles del año…; así que podrás imaginar cuál fue mi sorpresa cuando Elías me propuso pasarme un avance editorial para que escribiera este artículo. Eso sí, el hecho de que aún no haya sido publicada me impone un par de condiciones que modificarán, en parte, el modo en que suelo escribirlos.
La primera es que no puedo extraer citas y, por tanto, no podré darte ejemplos de aquello que comentaré. Y la segunda es que, obviamente, tengo que ser más cuidadoso que nunca con los spoilers, así que no podré dar demasiados detalles sobre las historias en sí, ni profundizar en temas que pudiesen revelar sus giros.
Es por eso que he empezado con esta larga introducción sobre las estrategias narrativas de Ted Chiang, porque los relatos y novelas cortas contenidos en Exhalation expanden y destilan su estilo inicial. Al margen de que pueda gustarte más o menos, lo que es indudable es que en su nueva antología se percibe una evolución. Así que, teniendo en cuenta esas estrategias, empecemos a hablar de sus historias.
THE MERCHANT AND THE ALCHEMIST’S GATE
Que Chiang haya elegido este relato para iniciar su antología es una especie de guiño a su colección anterior.
La historia de tu vida se abría con «La torre de Babilonia», un cuento situado en un entorno legendario y profundamente evocador. Y si bien aquel relato se basaba en la mitología hebrea, contenía un componente mecanicista que lo dejaba a medio camino entre la fantasía y una «particular» ciencia ficción; el enfoque científico de la fantasía del que hablé anteriormente.
En «The Merchant and the Alchemist’s Gate», el entorno legendario evocado por Chiang es el de Las mil y una noches —tanto en su escenario como en su estilo— y su componente de ciencia ficción, siendo aún «particular», es mucho más evidente: una serie de historias sobre viajes en el tiempo que nos hablan —por primera, pero no última vez— sobre el determinismo y el libre albedrío.
En una mítica Bagdad («ciudad de paz», según el relato) un mercader conoce a un alquimista que le presenta un artefacto asombroso: un portal que permite trasladarse veinte años hacia el futuro (si se cruza de derecha a izquierda) o veinte años hacia el pasado (si se cruza de izquierda a derecha). (Que el sentido del cruce se corresponda con el de la escritura árabe es un detalle magnífico).
Partiendo de esa premisa, y al estilo de los cuentos orientales, Chiang nos relata cuatro historias de viajes en el tiempo, dos hacia el futuro y dos hacia el pasado.
No puedo decir nada más sin estropearte la sorpresa, pero su reflexión sobre el único modo de cambiar el pasado es de una sensibilidad desbordante.
EXHALATION
Sé que este relato ha sido publicado en español en la revista Cuásar nº 50/51, pero yo no lo había leído, así que este fue mi primer acercamiento a «Exhalation». Y me alegro que haya sido así porque su baza más importante es la sorpresa. No tanto por la historia como por su ambientación. «Exhalation» podría adscribirse perfectamente al new weird. Bastan unas páginas para darse cuenta que nos hallamos ante una sociedad posthumana. De hecho, su enfoque me recordó al de «Seres de arena y escoria», de Paolo Bacigalupi, por el naturalismo con el que describe la humanidad remanente en organismos modificados. La diferencia reside en que la estética biopunk del relato de Bacigalupi es sustituida, en este, por una steampunk.
Para profundizar en este argumento (cosa que me encantaría) tendría que destripar el relato, así que, en lugar de hacerlo, enunciaré algunos de los temas que aborda: la memoria y nuestro vínculo con el pasado; el límite entre lo robótico y lo humano; la certeza de la muerte; el estado fundamental como destino inevitable; la posible existencia del multiverso; el legado de las civilizaciones…
Al tiempo que los he ido citando, yo mismo me he preguntado cómo ha podido hilvanar tal variedad de temas —y de semejante calado— en un único relato. Porque lo cierto es que lo consigue, y el resultado es conmovedor.
No es casual que «Exhalation» haya ganado los premios Hugo y Locus a mejor relato.
WHAT’S EXPECTED OF US
En la introducción comenté que, en esta antología, Ted Chiang destila sus técnicas narrativas. Pues bien, «What’s Expected of Us» es un excelente ejemplo de esa tendencia.
El relato —que puede leerse en la revista Nature— lleva la ficción especulativa a su esencia. En apenas un párrafo, describe un dispositivo denominado «Predictor»: un objeto del tamaño de un mando de coche con un botón y un led verde… que se enciende un segundo antes de que presiones el botón.
Le basta esa descripción para echar por tierra el libre albedrío. A partir de ese punto, se centra en las implicaciones emocionales, sociales, científicas y filosóficas de saberse en un universo determinista.
… Lo cual no sería más que una especulación intelectual si el dispositivo no nos recordara —como sugirió Elías en un tuit— los resultados del famoso experimento de Libet, que concluyó que el potencial cerebral de preparación para el movimiento tiene lugar entre 300 y 500 milisegundos antes de que el sujeto sea consciente de que quiere moverse.
Vale la pena leerlo con calma.
THE LIFECYCLE OF SOFTWARE OBJECTS
Esta novela corta ha sido traducida a nuestro idioma por Manuel de los Reyes y en este caso sí la había leído. Es la historia que cierra la primera entrega de Terra Nova, una serie de antologías que no necesita presentación.
Debo confesar que la primera vez que la leí —si mal no recuerdo, en 2013— no me gustó. O, mejor dicho, me supuso una decepción respecto a los relatos de La historia de tu vida. Pensé seriamente en no volver a leerla y comentar aquí lo que recordaba de entonces, pero decidí darle una segunda oportunidad… y lo curioso es que esta vez me encantó. ¿Qué cambió en este tiempo para que eso pasara? Básicamente, yo. Desde 2015 soy padre y eso, como es lógico, ha cambiado mi perspectiva.
Pensándolo bien, quizás el único «pero» que cabría ponerle a esta novela corta sea el titulo: sería más preciso llamarla «The Educational Cycle of Software Objects», porque ese es el tema de esta historia: la educación de otro ser al que estamos conectados de forma afectiva.
Y fíjate que hablo de «ser» y de «conexión afectiva», y no de hijo. Es en ese pequeño detalle donde radica la genialidad del relato.
Como cuenta Chiang en las notas que rematan el libro, la historia parte de la idea de que, al igual que un ser humano, es probable que una IA necesite unos veinte años de esfuerzo sostenido para ser educada. Sin embargo, el modo en que son educados los digients —los «objetos de software» del título— a lo largo de la novela trasciende el análisis de los vínculos afectivos entre una inteligencia artificial y un humano para sugerir una reflexión universal.
Chiang emplea aquí la misma estrategia que ya vimos en «¿Te gusta lo que ves? (Documental)»: desmenuza un vínculo emocional —en este caso, la educación de otro ser sintiente— para conceptualizarla. Pero en este caso, dada la extensión de la historia, su enfoque es mucho más pormenorizado.
A lo largo del relato (y en función del relato), Chiang analiza temas tan variados como la educación animal, el empleo del conductismo, la educación en valores, la educación de personas con capacidades diferentes, la educación comunitaria, la educación sexual, el vínculo de los padres con la sexualidad de los hijos, la cesión paulatina de libertad durante la infancia y la adolescencia…
Y, por si fuera poco, también explora cómo afecta dicha tarea al educador: su sacrificio económico y de tiempo, su vínculo emocional con el educando, su acción desinteresada o su interés manifiesto, la proyección de los temores del educador sobre el ser que educa, sus prioridades vitales y afectivas…
Hay novelas que nos hablan de la vida con mayor hondura que los ensayos. Y «The Lifecycle of Software Objects» es un buen ejemplo.
DACEY’S PATENT AUTOMATIC NANNY
Este relato es una suerte de corolario de la novela anterior.
Según explica en las notas finales, partió de un encargo de Jeff VanderMeer, quien estaba editando una antología con una premisa muy interesante: un museo que exhibe artefactos imaginarios. Como si se tratara de un catálogo, un artista creaba la ilustración del artefacto y un escritor redactaba el «texto descriptivo» que lo acompañaba en la «exposición».
La idea de partida, por sí misma, es genial. Pero Chiang consigue llevársela a su terreno para seguir explorando el tema de la educación. Si «The Lifecycle of Software Objects» se centraba en la educación de un ser artificial, «Dacey’s Patent Automatic Nanny» se plantea qué ocurriría si el educador fuera un ser artificial.
Con un calculado estilo de documental de los cincuenta (por momentos me recordó los cortos de Disney en los que se imaginaba el mundo del futuro) y un sentido del humor muy ácido, el relato termina siendo una oda a la necesidad del contacto físico y el vínculo paterno filial.
Una verdadera sorpresa y, probablemente, el más atípico de todos los cuentos de la antología.
THE TRUTH OF FACT, THE TRUTH OF FEELING
Este relato —casi una novela corta— también ha sido traducido por Manuel de los Reyes. Fue seleccionado por Mariano Villareal para su excelente colección A la deriva en el mar de las lluvias y otros relatos y en su momento ya lo había leído. Sin embargo, a diferencia de «El ciclo de vida de los objetos de software», su historia me fascinó desde el principio.
Al igual que en «What’s Expected of Us», Chiang parte de una premisa tecnológica expuesta con rigor para explorar sus repercusiones emocionales, sociales y filosóficas.
El título del relato —que en español se tradujo como «La verdad de los hechos, la verdad del corazón»— define muy bien ese delicado equilibrio entre razón y emoción que no solo refleja en el contenido de la historia, sino también su estructura.
Chiang juega en los límites del ensaño para mostrarnos los pros y los contras de una tecnología que, de existir, transformaría el mundo: la grabación digital de experiencias personales capaces de ser recuperadas como un sucedáneo de la memoria.
Partiendo de una premisa en principio abstracta, Chiang consigue emocionarnos; humanizar nuestro vínculo con la tecnología y cuestionar nuestra capacidad para el análisis objetivo. (Sobre esto no puedo profundizar sin estropearte su lectura, pero te aseguro que, ya solo por esta parte, el relato vale la pena).
Sin embargo, «The Truth of Fact, The Truth of Feeling» no se queda ahí. Es probable que a la mayoría de nosotros —que no hemos experimentado la posibilidad de grabar toda nuestra vida y recuperar los fragmentos que deseemos en el momento que deseemos— semejante transformación nos parezca radical. Es probable que pensemos que nuestra sociedad jamás aceptaría someterse a algo así.
Por tanto, para poner el tema en perspectiva, Chiang intercala en la historia central fragmentos de una historia independientes, el relato de la introducción paulatina de la escritura en una sociedad basada en la tradición oral. Y lo hace desde la perspectiva de un aborigen. Esa mirada extraña sobre una tecnología que ya hemos asumido (me refiero, obviamente, a la escritura) nos revela con abrumadora claridad que nuestra sociedad ya ha aceptado, como sucedáneo de la memoria, la «grabación» de experiencias personales capaces de ser recuperadas.
Al conjugar esos dos niveles de lectura, el relato adquiere una nueva dimensión.
THE GREAT SILENCE
Este relato es una rara avis en más de un sentido, pero, sobre todo, lo es por la forma en que fue concebido. Como explica en las notas finales, parte de su colaboración con dos video artistas — Jennifer Allora y Guillermo Calzadilla— en una instalación en la que superponían imágenes del radiotelescopio de Arecibo con imágenes de los periquitos (es así como se los llama en Puerto Rico) que habitan un bosque cercano.
Partiendo de esa idea… y sumándole la Paradoja de Fermi, la búsqueda de vida inteligente, y del concepto de glosolalia —es decir, la vocalización fluida de sílabas sin significado comprensible—, Chiang plantea un contrapunto que conduce a una reflexión quizás un poco previsible, pero no por eso menos urgente.
OMPHALOS
Podría decirse que este relato se ubica en el mismo universo que «El infierno es la ausencia de Dios»… Y que conste que he dicho «universo».
Lo cierto es que parte de una premisa muy similar: la confirmación científica de que la tierra y los cielos han sido creados y, por tanto, de la existencia de un Creador. Pero si «El infierno es la ausencia de Dios» se centraba en las tribulaciones de la convivencia con el Creador, «Omphalos» analiza el rol de la ciencia en un universo cosmogónico.
Debo reconocer que, de los relatos que aún no conocía, este y el último han sido los que más me han gustado. Sin embargo (o, mejor dicho, precisamente por eso), es muy poco lo que puedo decir sobre este sin estropearte su sentido de la maravilla y, sobre todo, su magnífica vuelta de tuerca.
Solo diré que lleva a su máxima expresión el «enfoque científico» de la fantasía al que hacía referencia al principio del artículo: sus pruebas empliricas de la creación y datación de la Tierra son brillantes, su comparación entre las catedrales y la ciencia como forma de adorar a Dios es conmovedora y su descripción de un sistema astronómico coherente con la cosmogonía cristiana es simplemente admirable.
Y no por la mitología con la que juega, sino por la precisión científica con la que la describe.
Ojalá la disfrutes tanto como yo.
ANXIETY IS THE DIZZINESS OF FREEDOM
En la novela corta que cierra la antología, Chiang retoma la estrategia narrativa ya empleada en «What’s Expected of Us» y en «The Truth of Fact, The Truth of Feeling»: partir de una premisa tecnológica expuesta con rigor para explorar sus repercusiones emocionales, sociales y filosóficas.
Lo interesante de este relato es que toma una premisa tecnológica archiconocida y la explora de una manera completamente original.
Empecemos por la premisa, a ver si te suena: la existencia de un dispositivo que realiza una medición cuántica de dos resultados igualmente probables y que, a partir de ese punto, permite traspasar información entre esas dos ramas de la función de onda «universal». En otras palabras, un dispositivo que nos permite intercambiar información entre universos paralelos.
Como cualquier lector de ciencia ficción sabe, desde Universo de locos, de Frederic Brown, hasta Materia Oscura, de Blake Crouch, se han escrito infinidad de relatos y novelas con esa premisa. ¿Qué hace tan original entonces a «Anxiety is the Dizziness of Freedom»? Básicamente, la primera palabra del título. O, para ser preciso, lo que sugiere esa primera palabra.
Tras intercalar, en los primeros capítulos, una «evolución histórica» de la tecnología de los prism —el dispositivo que permite intercambiar información entre universos paralelos—, Chiang se centra en los dos aspectos de dicha tecnología que, con toda seguridad, interesarían más a cualquier sociedad que la tuviera: la posibilidad de hacer negocios con ella (más o menos legales) y su empleo a nivel psicológico (para mejorar la autoestima y la imagen personal).
Sin duda, uno de los aportes más originales de la historia son los grupos de apoyo psicológico para usuarios de prism, en los que terapeutas especializados (facilitators) los ayudan a lidiar con la ansiedad que produce la constante comparación. Porque no ha de ser fácil encontrarte con tu yo de una realidad paralela (paraself) y descubrir que él o ella sí está con la persona que te gustaba y a la que nunca te atreviste a acercarte, o que ha obtenido el ascenso que a ti te negaron, o que ha logrado el reconocimiento que tú nunca tendrás.
Esto es solo el comienzo de una profunda indagación de los límites del libre albedrío y, sobre todo, del relativismo moral… Porque, si existen infinidad de universos paralelos, ¿qué nos asegura que cualquier acción, positiva o negativa, que llevemos a cabo no será compensada por la acción de otro de nuestros yo en un universo paralelo?
Una vez más, partiendo de un ejercicio conceptual, la respuesta brindada por Chiang consigue emocionarnos. Lamentablemente (una vez más) no puedo profundizar en este asunto sin estropearte la lectura.
Un apunte final
Antes de cerrar este artículo, me gustaría comentar la sensación paradójica que tuve al terminar el libro. En especial, porque puede que tú también la experimentes, si ya has leído La historia de tu vida.
Por una parte, como ya comenté en la introducción, es fácil percibir la evolución de Ted Chiang entre sus dos antologías: los relatos y novelas cortas contenidos en Exhalation expanden y destilan las estrategias narrativas definidas en la primera. Sin embargo —y precisamente por eso—, la sorpresa que me supuso su primera colección no se repitió con esta. Eso no es bueno ni malo por sí mismo, lo digo porque es importante no confundir la sorpresa con la calidad.
Quizás haya algo de cierto en el tópico de que todo escritor escribe la misma novela mil veces. Pero si Ted Chiang sigue enfocando la fantasía desde una perspectiva científica, si sigue conceptualizando las emociones y emocionándonos a través de conceptos como viene haciendo hasta ahora, te aseguro que estaré encantado de seguir leyéndolo… Y de recomendarte, desde aquí, que tú también lo hagas.
lunes, 16 de abril de 2018
Mala racha / Salir de fase, de José Antonio Cotrina: lecciones de worldbuilding, por Esteban Bentancour
Es un verdadero placer volver a contar con Esteban Bentancour en Sense of Wonder, sobre todo si es para hablar (tanto y tan bien) de dos de mis obras favoritas de la ciencia ficción en español: Mala racha y Salir de fase, de José Antonio Cotrina. ¡Espero que os guste!
Banda sonora de la reseña: Esteban sugiere leer esta reseña escuchando Exit Music (For a Film), de Radiohead (YouTube, Spotify).
Cuando Palabaristas Press editó la versión digital de Mala racha y Salir de fase en un único volumen, Elías lanzó desde aquí una tentadora campaña para animar a Cotrina a escribir más historias ambientadas en el mismo universo. Desde entonces, aunque parezca mentira, han pasado más de tres años.
Ha tenido que
pasar todo ese tiempo para que al fin leyera unas novelas que, a finales de
2014, ya me habían seducido…; lo que hasta cierto punto me recuerda mi
experiencia con Iain M. Banks y El uso de las armas. No solo por el
tiempo que pasó entre que conocí las obras y las leí, sino por la fascinación
con que terminé de leerlas… y por la cara de tonto que me quedó después, por
haberme demorado tanto.
Y las coincidencias no acaban allí. Tanto en la novela de Banks como en las de Cotrina, a las vueltas de tuerca que pueblan sus historias, al sentido de la maravilla que desborda de sus páginas, a los dilemas morales que sugiere la trama, se suma el manejo virtuoso que hacen ambos autores de sus recursos estilísticos.
En la novela de Banks: el encaje perfecto de dos historias complementarias, lo que da pie a dos lecturas distintas (incluso a dos libros distintos) dependiendo de cuál de ellas se priorice. En las novelas de Cotrina: sus lecciones sobre la construcción del escenario.
Porque uno de los mayores méritos de estas novelas cortas es que, entre ambas, consiguen revelarnos un universo riquísimo, plagado de detalles y sugerencias, en menos de sesenta mil palabras… y eso —en tiempos en que la Space Opera suele padecer «paginitis»— resulta admirable.
Así que este artículo va ser un poco distinto de los que suelo escribir. En lugar de buscar referentes (Elías me señaló, por ejemplo, Y mañana serán clones, de John Varley) o de analizar los temas presentes en ambas tramas, voy a intentar exponer esas lecciones de worldbuilding que, como buen escritor que es, Cotrina ha sabido camuflar tras los bastidores de su historia.
Luna
Travelling literario
La primera de sus estrategias puede parecer evidente, pero no lo es… O no lo es, al menos, el modo en que Cotrina la ejecuta.
Seguro que has leído muchas escenas en las que el autor ha recurrido al desplazamiento de sus personajes para presentar sus escenarios.
A bote pronto, me vienen a la mente dos ejemplos concretos. Las primeras páginas de muchos capítulos de la bilogía La estrella de Pandora / Judas desencadenado, de Peter F. Hamilton, relatan el desplazamiento de alguno de sus personajes por un planeta o conjunto de planetas de su universo. Y la quinta parte de Marte Rojo, de Kim Stanley Robinson, es una larga «road story» en la que el autor expone, sin demasiada sutileza, las características urbanas, sociales y filosóficas de su sociedad.
Sin embargo,
estos dos ejemplos muestran muy bien el modo en que (habitualmente) suele
emplearse este recurso.
En el caso de las novelas de Hamilton, el desplazamiento es independiente de la trama. La historia (el avance argumental del capítulo) comienza cuando el personaje llega a su destino.
Por otra parte, las descripciones que tienen lugar durante el desplazamiento (y que sin duda son una fuente inagotable de asombro) construyen el worldbuilding por acumulación. Dicho de otro modo, la complejidad y grandeza del universo de Hamilton se debe, en gran medida, a la diversidad de entornos que describe; y esto solo puede conseguirse por medio de la acumulación de páginas.
Esto no es una crítica: admiro la vastedad de su universo y considero que es necesaria verdadera maestría, a la hora de exponer los datos, para lograr que ese tipo de descripciones atrapen al lector. Sin embargo, en una novela corta que intenta crear su universo esta estrategia es inviable. La forma en que ejecuta sus travelling debe ser diferente.
En el extremo opuesto está la quinta parte de Marte Rojo, en la que el protagonista atraviesa (apoyado en un MacGuffin no demasiado sólido) las principales ciudades y obras de ingeniería marcianas y, de paso, tiene conversaciones trascendentes en las que se le explican (de forma didáctica) las concepciones políticas, económicas, científicas e incluso religiosas de la nueva sociedad.
Una vez más, esto no es una crítica: si has leído mi artículo sobre Marte Rojo, sabrás la admiración que siento por el libro. En su quinta parte, la obra se convierte (adrede) en una «novela de tesis», lo cual puede ser discutible. Pero, al margen de la opinión que podamos tener al respecto, lo que me interesa recalcar es que ese es un lujo que una novela corta no se puede permitir.
Por lo tanto, el travelling no puede ser meramente descriptivo, ni tampoco puede ser una excusa para transcribir una tesis. Entonces, ¿cómo lo ha planteado Cortrina?
La clave para descubrir su estrategia está en el punto de la historia en el que se ubica el desplazamiento. La primera escena de Mala racha se desarrolla en un escenario «único»: la órbita, la superficie y las entrañas de Ío. Y en esa primera escena tiene lugar un suceso que sirve de detonante para el resto de la trama.
Solo tras haber captando nuestra atención (y nuestra curiosidad) con ese primer movimiento, Cotrina introduce el travelling para enseñarnos su «universo».
Esa disposición me recordó la empleada en (casi) todos los cuentos de Axiomático, la genial antología de Greg Egan: una escena inicial que nos introduce en la historia, y una segunda «escena» que nos explica el contexto.
Pero, donde Egan expone de forma explícita los cambios tecnológicos y sociales que determinan su mundo (algo que, por cierto, se le da realmente bien), Cotrina emplea el desplazamiento para mostrárnoslos de forma natural. No explica en qué consiste la compilación y el change, nos lo muestra cuando su protagonista cambia de cuerpo. No explica el sistema político y social definido por Sistema y Empresa, nos lo muestra en los contrastes entre exuberancia y pobreza de la principal ciudad de Europa (la luna de Júpiter). No explica los motivos de la guerra que devastó la Tierra, nos muestra sus consecuencias a través de una torre Eiffel que (irónicamente) está siendo trasladada de la Europa terrestre al satélite joviano.
Mostrar en lugar de explicar, como recomiendan todos los manuales de escritura. Sin embargo, transmitir la idea global de un escenario de Space Opera en cerca de dos mil palabras y a través de un único desplazamiento es llevar esa consigna al extremo… Y más si consigue «mostrarlo» sin que el lector se dé cuenta.
Solo por eso, su worldbuilding merecería ser estudiado en los talleres de escritura. Pero Cotrina utiliza unas cuantas herramientas más para nutrir su mundo.
Marte
Relatar en lugar de explicar
Ya que hemos hablado de «mostrar en lugar de explicar», veamos qué ocurre cuando no tiene más remedio que introducir información de forma explícita.
Un buen ejemplo de esto es el modo en que nos presenta (y explica) las sectas religiosas que pueblan el sistema solar en el sexto capítulo de Salir de fase: en lugar de hacer que el narrador exponga los datos, los transforma en reflexiones y anécdotas; en definitiva, las convierte en relato.
Veamos, por ejemplo, la introducción al tema que hace al principio del capítulo:
«Hemos avanzado tanto en el conocimiento del la mente y el cuerpo que nos hemos perdido por el camino. Ninguna de las antiguas religiones ha sobrevivido ante el avance poderoso y firme de la madre ciencia. Sin ningún motivo, mientras avanzo por las calles de Luna, recuerdo lo que leí una vez en un taller de cuerpos ilegales: “La mente es el sistema operativo del cerebro”. Sí, y con eso se resume todo. El reduccionismo ha matado la magia, ha matado los sueños. Hemos convertido el cerebro en simple software, hemos transformado el cuerpo en hardware y lo hemos hecho intercambiable. Y en el arduo camino de la vivisección no encontramos rastros del alma, ni pista alguna de dios ni en la galaxia ni en el universo visible».
A primera vista, estas frases son una reflexión personal en la que se incluye una pequeña anécdota. Sin embargo, de un modo indirecto, nos explican que en el escenario de la novela los humanos pueden cambiar de cuerpo sin dejar de ser ellos mismos —del mismo modo que un software puede correr sobre distintos hardware— y que, debido a eso, las antiguas religiones han desaparecido.
… Lo que no significa que no hayan surgido nuevas sectas. Y para hablarnos de ellas, Cotrina vuelve a emplear estrategias indirectas.
A una de las sectas la explica a través de un reportaje televisivo (un recurso que ya he leído otras veces, pero que encaja perfectamente en el devenir de la trama), al resto las explica por medio de narraciones, microrrelatos que recuerdan a Calvino; historias dentro de la historia como un juego de cajas chinas en el que todo tiene su espacio.
«Los que adoran a la Torre de la Divina Unión han dejado de buscar a Dios y han decidido construirse uno propio sobre la superficie de Europa, la luna joviana. Una estructura cárnica se eleva allí, construida siguiendo las indicaciones del Mentor de la Torre. Los fieles esperan con infinita paciencia el momento de formar parte de tan megalítica construcción cuando sus discos de identidad sean introducidos en la Torre y unan su conciencia individual a la conciencia grupal que está conformándose en el interior de la torre. El Mentor ha jurado que él no entrará en la Torre hasta que el último ser humano no lo haya precedido».
Por tanto, he aquí la segunda lección que podemos extraer de sus novelas: si no es posible mostrar, en lugar de explicar, siempre nos quedará el relato.
Detalle de Júpiter
Nombres propios
El tema de los nombres en las novelas de ciencia ficción (y muy especialmente en la Space Opera) es delicado.
Para empezar, por nuestra natural tendencia a suponer que las potencias actuales seguirán siéndolo dentro de cinco siglos. (Hagamos un ejercicio de ucronía, imaginemos a un escritor de Space Opera del siglo de oro: lo más probable es que su protagonista —el comandante de la carabela que, en el siglo XXI, surcaría la esfera celeste en busca de otros astros— se llamase Martín Mendoza).
Pero, además, porque el diseño de nombres exnovo (es decir, sin bases en la tradición milenaria de la humanidad) solo resulta verosímil si la obra, en sí misma, justifica su base alternativa. (Un buen ejemplo de esto —pero hay muchos— son los nombres neutros empleados por Ursula K. Le Guin en la sociedad de Anarres).
Dado que tanto Mala racha como Salir de fase son novelas cortas (y que sus temáticas no requieren de semejante especulación sociológica) la elección de los nombres podría haber sido un asunto secundario.
Llegado a este punto, debo reconocer que, al inicio de Mala racha, el nombre de su protagonista me rechinó bastante: Dorada James… Y sé que no he sido el único al que le ha pasado. En su (por lo demás elogiosa) reseña para Dreams of Elvex, Xavi apuntó que:
«Me ha gustado mucho el estilo del autor y las temáticas de los relatos. No creo que sea lo último que lea de Cotrina. Aunque tengo una pequeña crítica, un pequeño detalle que no empaña a la calidad final del conjunto: algunos de los nombres. No me convencen las combinaciones: Demetrio Takashi, Dorada James, Lancelot Sara... no me resultan nada creíbles, pero es algo anecdótico».
En efecto, al principio de la novela tuve la misma sensación… Hasta que en determinado momento se produce una vuelta de tuerca que explica su sentido.
No voy a explicarla aquí (porque sería un spoiler), pero sí diré que, por medio de esa vuelta de tuerca, Cotrina les brinda a sus nombres una base social, una justificación coherente que no solo los nutre de sentido, sino que los convierte en uno de los elementos más originales de su worldbuilding.
Lamento no poder ser más específico al respecto, sin embargo, me gustaría recalcar la idea de que, bien escogidos (o creados), los nombres pueden ser una buena herramienta para reforzar la solidez del entorno.
Ío
El escenario y las emociones
He dejado para el final las dos estrategias que más me han llamado la atención.
En la literatura realista, el empleo del escenario como trasunto (o amplificador) del estado de ánimo de los personajes es una técnica de uso común. (Alice Munro y Jonathan Franzen son maestros en la materia). Pero, ¿cómo hacer lo mismo cuando lo que estás describiendo forma parte de tu worldbuilding?; es decir, cuando lo que describes es, hasta ese momento, desconocido para el lector. Salir de fase propone una estrategia.
En su capítulo nueve, Cotrina describe una performance artística en la superficie de Marte y luego emplea ese escenario para profundizar en las emociones de sus personajes. Pero lo hace de un modo particular, inalcanzable para el realismo.
Como es lógico, sus primeros párrafos están dedicados a describir la representación. Sus imágenes, cargadas de sentido de la maravilla, exponen a un tiempo las posibilidades tecnológicas de ese futuro distante y un tipo de arte radicalmente original; un arte que no solo trasmite emociones, sino que la proyecta en la mente del espectador.
«En las alturas, recortándose contra el crepúsculo marciano, flotaba el
gigantesco cuenco invertido de Destello; su superficie pulida reflejaba la
brillante columna de luz que surgía del centro del cuenco y que llegaba hasta
el valle donde nos encontrábamos, dos kilómetros más abajo. (…) En la
superficie del cuenco invertido danzaban doce parejas trenzadas en bramante
tornasolado; los bailarines estaban separados de su pareja durante horas, hasta
que la pauta errática programada por Dulce Bosco hacía coincidir su baile
durante unos breves instantes, para luego volver a separarlos. Los espectadores
estábamos conectados a la red sensorial que completaba la obra y que nos
permitía seleccionar en todo momento qué sensación queríamos enfocar y sentir
de primera mano: la euforia de las medusas que llegaban a la meta o la agotada
angustia de las que luchaban contra la corriente de luz, el dolor de la pérdida
o la exultante alegría del reencuentro de los danzantes, aunque este se sepa
efímero».
Así, Cotrina toma una debilidad de la ciencia ficción y la transforma en una fortaleza: ya que es necesario crear el escenario, ¿por qué no definirlo explícitamente como un amplificador emocional?
Los personajes
que contemplan la representación están enredados (como los danzantes) en los
torbellinos del enamoramiento. Se aman con la desmesura de los primeros
tiempos; cuando el erotismo lo abarca todo y aún les cuesta creer que el otro
está a su lado…
¿Qué mejor metáfora de esa incertidumbre, de esa necesidad, que el escenario que acaba de describir?
Y lo más
interesante es que su valor expresivo no acaba ahí: una vez descrito, el
escenario pasa a ser «real», y por lo tanto puede servir de metáfora (de hecho,
lo hace) en futuras reflexiones.
Europa
Reflexiones abiertas
Exponer ideas filosóficas, sociales o científicas por medio de diálogos es uno de los recursos más habituales de la ciencia ficción, sin embargo, que sea habitual no significa que sea sencillo. Muchas veces los personajes caen en largos monólogos, o en explicaciones dadas a interlocutores que no deberían necesitarlas o, directamente, en el infodumping.
Es por eso que me interesa señalar el modo en que Cotrina utiliza esta herramienta. En ninguna de las dos novelas (y ten en cuenta que se trata de novelas cortas) emplea los diálogos para explicar el escenario…, sin embargo, eso no significa que no los emplee para construirlo.
De forma indirecta —por el modo en que unos personajes se refieren a otros, o injertando expresiones que se dan por sabidas (y que luego serán explicadas)— los diálogos le brindan solidez. Pero lo que me ha resultado más original es el modo en que introduce reflexiones abiertas. Elucubraciones que parten de un worldbuilding ya creado y que, al involucrar al lector, multiplican su verosimilitud… Además de convertirlo en una herramienta para reflexionar sobre la condición humana.
El ejemplo más claro es la maravillosa reflexión que aparece en el capítulo diez de Salir de fase, pero antes de citarla, me gustaría compartir una anécdota personal.
Hace un par de semanas, en su artículo sobre Éxodo (o cómo salvar a la reina), de David Luna Lorenzo, Javier Miró planteó una duda (más o menos) razonable:
«Me gustaría saber qué hace el ser humano en el planeta Zigurat, qué se le ha perdido allí, por qué tratar de colonizar un medio tan hostil en el que la vida es casi imposible y en el que el ser humano es poco más que un insecto».
En su momento (en un hilo de Twitter), comenté que (a mi entender) a través de ese medio hostil Luna buscaba explorar los límites de la condición humana, pero que, en efecto, la novela no brindaba ningún motivo para que la colonia estuviera donde estaba.
Sin embargo —por una de esas maravillosas serendipias que tiene la vida—, al día siguiente Cotrina expuso (¡en Salir de fase!) ese motivo que estaba echando en falta… O quizás no. Porque Cotrina no intenta imponer su verdad, sino plantear una reflexión abierta que sirva de base al lector.
«—Durante siglos el hombre especuló sobre la posible existencia de vida en las estrellas. Bueno, ahora ya estamos seguros: existe vida alienígena, sí señor, y somos nosotros (…).
—Bueno, no creo que haya que ser tan tajante, señorita Aurora. (…) Lo que
nos hace humanos no es el cuerpo que ocupamos sino esto —tabaleé sobre la
entrada del zócalo craneal donde estaba ubicado mi disco de identidad—. No
importa la forma, ni el color, ni el tamaño. Estemos donde estemos siempre seguiremos
siendo humanos.
—Suena muy bien, pero no me lo termino de creer, querido.
—¿Por qué no?
(…)
—El otro día vi un reportaje en Media Sinsonte que me hizo pensar —dijo—.
Era sobre los modelos Baakey que están usando los nuevos colonos de Tau Ceti.
(…) Estilizados cuerpos que tienen más que ver con mariposas que con seres
humanos (…). El núcleo del satélite es muy radiactivo y las fuerzas de marea a
las que está sometida la luna en cuestión hacen imposible vivir en su
superficie. (…) Sí, sé lo que me vas a decir: “La capacidad de adaptación del
género humano gracias a la arquitectura genética es prodigiosa. Bla, bla, bla”.
(…) Primero, no tengo ni puta idea de qué narices puede llevar al hombre a
querer adaptarse a infiernos como ese. Hay cientos de planetas en los sistemas
cercanos con mejores condiciones. Hay mundos idóneos para una vida humana
normal; son pocos, de acuerdo, pero están ahí, existen. ¿Qué nos lleva entonces
hasta lugares como esa luna perdida en Tau Ceti?
—Somos humanos. Eso es lo que nos lleva a querer conquistar lo
inconquistable».
Querer conquistar lo inconquistable… Ahí podría estar la respuesta tanto para Tau Ceti como para Zigurat.
Ganímedes
La preeminencia de la historia
Hasta ahora hemos hablado de la construcción del escenario. Pero todo lector de fantasía y ciencia ficción sabe que de nada sirve un buen escenario —por muy detallado y original que sea— si la historia que contiene carece de interés, si sus protagonistas son planos, si los personajes a los que estos se enfrentan no están bien definidos, si no hay giros que nos sorprendan y nos obliguen a seguir. De hecho, si falta todo eso, el worldbuilding termina siendo contraproducente, porque nos genera la frustrante sensación de que ha sido desaprovechado.
Por ese motivo,
en esta última parte quiero destacar la calidad narrativa de Mala racha y Salir de fase. Su sentido del ritmo, la claridad con la que se
expresan las motivaciones de sus personajes (y la coherencia con la que estos
actúan), el empleo de los recursos del escenario creado para introducir giros
en la trama…
En pocas
palabras, quiero destacar que las dos historias son excelentes, tanto por su
dinamismo, como por lo imprevisible de sus desenlaces. Cotrina juega con el
lector todo el tiempo, pero en ningún momento se nota su presencia, y eso, que
al leer sus novelas puede parecer sencillo, es una muestra de maestría.
Una de las
vueltas de tuerca más sorprendentes de Salir
de fase es aquella que la vincula con Mala
racha. Obviamente, no voy a hablar de ella aquí, pero he querido traerla a
colación por algo que comentó el propio Cotrina en una entrevista de Elías.
Ante la pregunta
de si habrá más relatos en el universo
de Mala racha y Salir de fase, el autor dijo que:
«No entra en mis proyectos actuales [la entrevista es de julio de 2013].
Tengo un calendario de trabajo bastante apretado, con un montón de historias
que escribir. No lo descarto, como creo que te respondí en su momento aún
faltaría una historia para redondear ese universo, la que uniría las dos
novelas cortas que mencionas. Puede que la escriba algún día y puede que no, el
tiempo lo dirá».
El efecto, como
él mismo señala «faltaría una historia para redondear ese universo», la que
uniría Mala racha con Salir de fase y convertiría a los tres
relatos en una única novela. O, para ser precisos, en un fix-up de novelas cortas…
Y si bien en 2013
ese formato no era nada habitual, en los últimos meses el propio Cotrina, junto
a Gabriella Campbell, nos han dado un excelente ejemplo de sus posibilidades…
Unas posibilidades que culminarán próximamente en su edición en un único volumen.
Por tanto
—pasados ya tres años de la llamada de Elías—, creo que es buen momento de
retomar la campaña y animar a Cotrina a escribir más historias ambientadas en
el mismo universo… O, al menos, a escribir esa tercera historia que unificaría
el proyecto.
El maravilloso
escenario que ha logrado crear sin duda lo merece… e intuyo que el nuevo
formato acercaría a más gente a Mala
racha y Salir de fase, dos
geniales novelas cortas que merecen una larga vida... aunque para lograrlo
deban cambiar de cuerpo.
Miranda
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